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Anchorman 2: hace falta valor

marzo 20, 2014

Estaba yo echándole un vistazo al Mondo Pixel VOL. 3, que ya cumple 4 años desde su primera edición, cuando me topo con un artículo titulado La insoportable levedad del estado de las cosas, de John Tones. El artículo es una breve explicación sobre la ausencia de texto firmado por él mismo dentro del número, y de las circunstancias alrededor de su papel como trabajador en el periodismo cultural. También un lamento sobre el tratamiento de la obra videojueguil como mera mercancía al servicio de una industria que, por miedo y paulativamente, le arranca más y más riesgo, pasión creadora y corazón a sus productos para sustituirlo por reminiscencias envueltas en bonitas consignas y packagings de fácil adscripción. Esto me llevaba por razones obvias a acordarme de Noel Burgundy, y conectarlo con los quejidos que viene profiriendo desde hace tiempo a raíz de su crisis como generador de contenidos profesional (el método catárquico, ese aliado caníbal). Sobre el perpetuo estado de urgencia que viven quienes deben pulir el brillo del zeitgeist erudito acerca de los fenómenos pop que nos asolan en nuestra hiperdinámica vida moderna. Que a veces se hace muy cuesta arriba tener que encontrarle significados a todo, incluso al impacto mediático de True Detective. Incluso a la previsibilidad de Jennifer Lawrence a raíz de su papel en los Globos de Oro. Al mensaje tras la sesión de fotos de Kate Upton en gravedad cero.

No he sido nunca muy fan del fenómeno Apatow. Su descubrimiento estilístico (innegable, por otra parte) del bromance moderno me parece más algo sintomático del problema del estado actual de las cosas que una tendencia a encumbrar. Aunque puedo (y debo) elogiar la calidad de películas como Anchorman o This is the end (películas de Adam McKay y Evan Goldberg junto con Seth Rogen, pero en las cuales aparece el creador como productor pero también como aportador de su sello de calidad) eso no evita que el chiste me parezca de algún modo perverso y dañino. Estos filmes a los que me refiero viven una comedia (en el caso de Apatow, pero es extensible a otros géneros) consciente de la vedettización de los actores de Hollywood, de los escandalosos costes de producción, del terrible problema de ejecución que supone para las películas que las viejas majors dejen caer todo el peso exclusivamente en el cómodo canon para no apostar por nuevas fórmulas no vaya a ser que los adolescentes (más estado mental que momento vital), los únicos que a día de hoy van al cine, piensen que no va a haber suficientes alicientes o no van a ser lo suficientemente masticables. Pero eso sí, dentro de toda esta podredumbre artística se le da un bronceado redentor, un guiño postmoderno para ese 5% de espectadores ídem a modo de caricia en la espalda, como contentando las quejas de aquellos que, encerrados en un sistema de falta de opciones de plante costoso donde el percal es así de triste por regla general, aún con esas, se atreven y le piden algo más (no sé, por ejemplo, algo nuevo). Y sin embargo, con todo, la molestia no es el sistema, sino el cómo ejecutan ese subtexto autoconsciente: que no rompe sino que además en ocasiones alaba lo anterior, como si por incapaces de enfrentarse al problema pensasen que esto se soluciona con esa huida hacia el interior que practican. Algo así como cuando a tus padres les sigues la corriente (con un deje de autosuficiencia, eso sí) aunque sabes que están equivocados, no vaya a ser que te quiten la paga.

A mí Anchorman me gustó. Su cásting me pareció acertado, el ritmo estupendo y las bromas, por saber mezclar bien la spoof movie con el apatowdismo daban buen resultado. Conectar la rica cultura astral de las estrellas de las noticias, esos rostros de la verdad, con el crucial momento de los 80 como game changing era cuanto menos interesante. Parecía algo nuevo. Podías pasar por alto, incluso, la ranciedad (menos cómica que dañina) de sus discriminaciones y anemias varias a cierta sensibilidad política (recordemos que el sexismo retro sigue siendo sexismo) más acuciantes en lo definitivo del proyecto real (los implicados en la realización de la película) que en el resultado de su ficción (los personajes que interpretan). Anchorman 2 llega en su particular burbuja de hype después de diez años en los que la primera cinta se ha convertido en una pequeña película de culto. Puede que muchos no hayan visto la película original, pero por supuesto que el espectador masivo espera con los brazos abiertos las nuevas aventuras de Ron Burgundy y sus asilvestrados y muy muy estúpidos amigos. Y la cosa empieza bien. La película da lo que promete. Su sorna, su chiste formuláico, sus ofensas de incorrección política de algodón de azúcar, su carrusel de estrellas para contentar a todo el mundo (sí sí: Kanye West, Jim Carrey, un cada día más autoparódico Harrison Ford, Kirsten Dunst, Amy Poehler y Tina Fey entre otros, un count the stars más cumplidor que inspirado)… en definitiva, sus caminos transitados y más vale malo conocido. Pero con algo ciertamente cautivador también: la historia de Anchorman 2 gira entorno a cómo Ron fue el pionero inconsciente de la fórmula (literal) de: “¿Por qué tenemos que decirle a la gente lo que necesitan escuchar? ¿Por qué no en su lugar les contamos lo que quieren escuchar?”

Este eslogan, directo a nuestros corazones, será el rótulo de advertencia tras el que Ron hará un noticiero preñado de consignas patriotas, histeria climática, sección de deportes al nivel de la propaganda ideológica en tiempos de guerra y videos de cachorros adorables hasta completar aforo. Recordándonos de dónde venimos y a dónde vamos. Y de ahí, y después de sembrar la lectura de cartilla a este simulacro de los Broadcast News tipo CNN vs. Fox News, de los Rupert Murdochs y diversos actores de la mercantilización de la información volvemos a pasar a unas cómodas convenciones del guión hollywoodiense más pasado (convenciones que, por cierto, estorban por completo el flow que se había creado hasta el momento). Es decir, McKay dirige copiando su propio estilo humorístico ejecutado a finales de los noventa en el SNL (ilusión de novedad por la aparición de estrellas invitadas sorpresa cuyos sketches tienen más de cincuenta años), y mientras empleamos este recurso es en teoría el mismísimo Frat Pack el que interpreta el casting principal y que no deja de ser un all white old men’s club (Stiller, Sandler, Ferrell, Carell, los Wilson, Black y Vaughn). Así las cosas nos remite sin remedio a esa insoportable levedad del estado de las cosas de la que hablábamos al principio, y hacernos ciertas preguntas:

¿Conseguirá alguien más que Charlie Brooker abandonar la senda autoconsciente para hacer un mucho más lícito llamamiento al despertar de las conciencias? ¿Podremos los periodistas culturales salir de esta caja de rutina y hastío a la que la vida moderna nos ha relegado? ¿Seremos capaces de pasar a la acción y cambiar las cosas? Más importante aún: ¿volveremos a ser capaces alguna vez de romper con este chiste sin gracia y construir algo nuevo?

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