Art and Craft: trazo y artificio

marzo 20, 2015

Para adentrarnos en Art and Craft hay que remitirse primero a La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, ese ensayo de Walter Benjamin en el que se nos revelaba una problemática sobre la pérdida de la originalidad que deriva de la posibilidad de la reproducción de la obra y que desemboca en una incapacidad para otorgarle el valor correspondiente al objeto original artístico así como funcionó en su historia previa. En definitiva, que la reproducción o la copia dinamita la exclusividad, y por eso pone en tela de juicio la trascendencia del creador y lo creado. Pero por supuesto no todo el mérito de esa depreciación se lo debemos a las nuevas tecnologías artísticas sustentadas en la reproducción, como la fotografía o el cine, sino que fueron también los propios museos aquellos que le dieron la espalda a las actividades escénicas, dinámicas y performativas en sus espacios en pos de un beneficio económico más cómodo al preferenciar el gesto simple de rellenar los ganchos de las paredes. Los cuadros de artistas consagrados, cual filatelia, equiparaban de una forma sencilla el valor con el coste, llamaban la atención de un público dispuesto a valorar lo mismo la cultura proyectada como el significante que ello les otorgaría, y facilitaba la labor de unos comisarios demasiado oprimidos por el peso de la rentabilidad económica que se les exige como para hacer bien el trabajo que se les presupone. Pero a este esquema conceptual le falta un tercer pilar, y es ahí donde aparece brillante y fantástica la figura de Mark A. Landis.

Vemos a Landis en el salón de su destartalada casa imprimiendo a tamaño 1:1 un Picasso, pegándolo en un trozo de madera, echándole encima capas de pintura, desvencijando las esquinas, tirándole café. Le vemos comiendo sobras precocinadas que compra a granel. Le vemos leyéndonos su larguísimo historial psicológico, imposible de poner en duda después de verle actuar, moverse, hablar. Timador, héroe, denunciante y filántropo. Sabemos de él que en las últimas décadas ha estado regalando sus pequeñas obras a más de cuarenta museos a lo largo de Estados Unidos, donde le ofrecían una compensación voluntaria por su gesto y que en casi todos los casos no tardaron en proclamar a bombo y platillo las supuestas nuevas gemas de sus colecciones. Y ya no sabemos si este trastornado se parece más a un cruce entre Crumb y Norman Bates, a un personaje salido de una película de Woody Allen o de Charlie Kaufman pero que está claro que ha nacido para confundir las fronteras entre lo que es real y lo que es puramente un personaje de ficción. No todo el mundo puede hacer lo que este hombre hace, ni por lo genial de sus actos ni por su beligerante mitomanía. Es un sujeto de estudio fílmico por antonomasia y Sam Cullman, Mark Becker y Jennifer Grausman no han dejado escapar la oportunidad.

El desabrido Landis, él y su repugnante forma de hablar, él y su insistencia en mentar a la madre. Es normal que cause un poderoso magnetismo en otro de los tristes personajes de este relato, su némesis Matthew Leininger, comisario del Museo de Arte de Oklahoma despedido por el escándalo de haber caído en la trampa de este estafador y quien quedará hechizado por el misterio alrededor de su persona persiguiéndole durante años y que, nos dice, no descansará hasta que acabe en juicio enfrentándose a sus actos. Pos supuesto, estos no son otros que evidenciar la incompetencia e ineficiencia del establishment del circuito de arte. La fascinación de Leininger es cuanto menos comprensible, pero también es cierto que aunque esta cuestión ya fuese tratada en documentales como F for Fake, Who the Fuck Is Jackson Pollock? o My Kid Could Paint That, parece que ver fracasar a los agentes de la cultura es un sabor que nunca deja de gustarnos.

Lo bueno de Art and Craft, un documental que tiene como flaqueza la de una cinematografía perezosa y como fortaleza la energía de un sujeto cuanto menos notable, es que su historia desemboca en algo más que el retrato clínico de unas criaturas excéntricas, y es de un enorme poderío narrativo en el último tercio el ver cómo estos expertos procesan el timo del que han sido víctimas e intentan, por mero equilibrio mental, revestir las acciones del fulero de un halo artístico, como si lo que Mark A. Landis hubiese hecho fuese una performance estudiada y no simplemente el acto de sobrevivir y dar rienda suelta a sus patologías engañando a un montón de pazguatos demasiado obnubilados en la tentadora oferta que les ponía delante de sus narices como para preocuparse en hacer bien su trabajo. De ahí que la tristeza y el patetismo que emana en el tercer acto del documental logre convencernos de que tal vez sí había algo sublime en todo esto. El Arts and Crafts, la corriente artística que surgió como reacción del estilo victoriano y que trataba de dignificar los objetos de la vida cotidiana, rechazaba la separación entre el arte y la artesanía, y creía que el diseño útil de las cosas encerraba en sí mismo tanto una necesidad moral como funcional. Y en el fondo, ¿qué son los objetos sino puestas en práctica de las ideas que ya se encontraban previamente en la mente de los hombres?

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