Cannes 2015. Día 1: What a lovely day

mayo 14, 2015

Bueno, en realidad no, en realidad esta mañana ha hecho un bochorno insoportable y vivimos a la suficiente distancia del Palais como para que nada más entrar por primera vez por sus puertas por la mañana ya tengamos la camiseta sudada para el resto del día. Pero no importa. No importa porque para entrar al mundo de sangre y fuego que propone Mad Max: Fury Road no hace falta estar limpio, ser amante de los blockbusters o, ya de paso, haber visto siquiera las películas anteriores de la saga, una de las razones por las que algunos compañeros por aquí me han dicho que no le han dado una oportunidad a la vuelta de Miller. Craso error.

Poco puedo decir sobre la película que no lo haya dicho de manera prácticamente unánime la prensa a nivel mundial, pese a que parecía totalmente imposible que su relevancia pudiese  alcanzar el grado que nos estaban prometiendo o que pudiese mantener, a lo largo de sus dos horas, ese impacto arrollador que causaban los muchos minutos de metraje ya ofrecidos al público. Pero ahora lo comprendemos todo, y hemos incluso podido meternos en la cabeza de ese George Miller que cuenta que allá por 1998 soñó la película al completo (por cierto: menos mal que no se decantaron por Mel Gibson).

Porque como mínimo es cierto que soñó enteramente sus set pieces, especialmente el primero, que termina con esta frase que preside esta cobertura y que ha firmado una estética de lo que el anarquismo visual de épica desenfrenada, musicalidad eurítmica y diseño de elementos (personajes, vehículos, folclores locales) pop debería ser si lo que buscas es la saturación por épica. Como he dicho, estoy bastante convencida de que, si el mundo es justo, este ensayo en clave death metal que es Mad Max: Fury Road tendrá un lugar importante en la historia del cine de acción, y esto es bastante más de lo que podemos decir de la inmensa mayoría de obras de temática similar que hayamos visto en los últimos 5, puede que 10 años.

Una cosa sí diré: la parte formal es la más importante, sin duda, de la película. La más trabajada y la que ofrece mejores resultados, y por la que Mad Max logrará sobrevivir como hito del cine contemporáneo. No por nada el director ha dicho que se crearon primero los storyboards que el guión tradicional, que se adaptaría después a lo que en sus imágenes quería plasmar, y esto es muy evidente, pero también algo a resaltar después del bombardeo de comentarios a los que nos han sometido al respecto de sus subtextos políticos. Ni su historia es una reivindicación que se salga del pretexto acomodado de este género ni su discurso es más igualitario que aquel que simplemente se preocupa de no crear otra película de acción más que dé pena en el tema de representaciones de género. Furiosas, como sus hermanas, ha habido y habrá siempre, y que su presencia sea importante (o que los personajes masculinos no ocupen esta vez todo el protagonismo) no convierte esto en un panfleto feminista. De hecho, podríamos hablar de cómo las esclavas sexuales fugadas del patriarca Immortan Joe siguen siendo, en esencia, la doncella en apuros que sirve tanto de bulto a proteger como de sujetos pasivos cuyos sacrificios sirven como empujón emocional con respecto a otros personajes. Pero como digo, esto no es lo que importa de esta película, aunque si tomaran nota de ese encabezado de los créditos tándem conjunto entre una Charlize Theron y un Tom Hardy, o esa escena final que más que encomiable era totalmente exigible, no será esta cronista la que lamente en la cartelera del futuro ese posible efecto generado por Mad Max.

En Reality, Garrone ya nos demostrada que su principal interés era doble: por un lado, entretener de la forma más cirquense con su personaje epítome de lo freak; y por el otro jugar con la cámara dentro de esa pretendida realidad, recordándonos que el cine es lo que convierte lo humano en mágico. Por esto puede que, entonces, no nos sorprendiese la elección temática de Tale of Tales, la película sobre el Pentamerón de Giambattista Basile y, por tanto, adaptación del universo de los cuentos a una imagen en movimiento que portase de manera natural su imaginería embriagada del exceso. Y sin embargo, resulta bastante fallida si lo que pretendía era, como parece, lograr esto. No por la puesta en escena, no por sus alucinados personajes, y obviamente tampoco por una producción que en todo momento acomoda la inmersión del espectador en el mundo de la fábula. Es, pues, una falta de consistencia entre imagen y mensaje, con escenas herméticas, como desconectadas entre sí, incluso deshilachadas. Lo son también los (casi) siempre frágiles fundidos a negro, y también un ritmo que en más ocasiones de las permisibles lastran al conjunto. Hay momentos realmente bellos, como la escena más dispuesta en lo sonoro que en lo teatral de las hermanas repulsivas flirteando con el sátiro rey, o la de Peter Strickland volteando sus palmas ante un asombro imprevisto frente a su engreída hija cantora. Pero ninguno de todos los monstruos, literales y simbólicos, (y en exceso hipertrofiados) que aparecen en esta película logran otra cosa que trasmitir la sensación de proyecto epatante que parece ser Tale of Tales.

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