Cannes 2015. Día 8: la emoción que nos llega

mayo 23, 2015

Una paleta de colores bastante básica, un diseño de personajes y escenarios muy elementales, y una banda sonora (a cargo de Michael Giacchino) que llena los primeros momentos de la película con esa mano derecha al piano, profundamente rudimentaria, nos desvelan en un primer momento las claves del trabajo que vamos a ver: menos es más, aún más cierto si de lo que se va a hablar es de las emociones. Las poco profundas, muy potentes y completamente preeminentes emociones. Pixar, esa cuasiperfecta de fábrica de sueños, no se corta un pelo ante lo que está a punto de mostrar.

Esta película para niños y adultos recoge en pantalla uno de esos high-concepts en los que todos hemos pensado alguna vez: el gobierno interno de esas cinco emociones elementales (podrían ser más o menos, dependiendo a quién preguntes) que rigen nuestras vidas. En un punto intermedio entre un extraño capítulo de Érase una vez el cuerpo humano, de un Pocoyo algo más complejo o incluso de un capítulo de los Simpsons, Pete Docter y Ronaldo Del Carmen (guionista y director de arte respectivamente, fundador y asiduo de la casa) se embarcan en la creación del guión y de la dirección de Inside Out, un filme que tiene entre sus peculiaridades la de hacer chocar lo tierno y cálido de su historia con su tratamiento estilístico higienizado. A su diseño visual, por mucho que lo comparen con el funk de Tex Avery o Chuck Jones, se le ha filtrado también un regusto a serie de Clan TV, y en ese sentido hablaríamos de la primera vez que Pixar, fuera de lo que hacen en sus secuelas, no aúna desarrollo técnico a elementos de guión. En segundo lugar, su banda sonora acompaña con su asepsia a lo que también sentimos cuando nos alejamos del universo mental de Riley. Es una esterilización que nos acerca más a los Sims que a lo que debería ser un sentido de la maravilla cinematográfico que sí suelen lograr en sus otras obras.

Y sin embargo Inside Out logra llegar a sus objetivos, con un desarrollo que en todo momento parece va a descalabrar pero se mantiene en lo alto, apenas sacándonos del juego en un par de ocasiones en las que a su imaginativa propuesta se le ven las costuras. Resumiendo: Inside Out es inteligente (ese constante pero fluido intercambio entre el mundo real y el mental) sin fardar de ello, es genuinamente cómica en ciertos momentos, es lo suficientemente imaginativa como para saldar la cuota de originalidad que requiere el que será sin duda un monstruo en taquilla (el hecho de que no haya villanos, sí, pero también gags como el del universo del subconsciente o del pensamiento abstracto, que traumatizará a cualquier niño que lo vea), es un puro vehículo de entretenimiento en el que no miras el reloj en toda la proyección. Y sobre todo, es emocionante. Lo es al exponer con toda su fuerza dramática de la forma más básica las experiencias emocionales comunes a la mayor parte de espectadores que se enfrenten a esta obra. No es esta una película que hable de los problemas de los niños que no vivan de forma normativa y saludable en el primer mundo, y es en esa gran catástrofe que supone una mudanza para una niña de 12 años, esa desapetencia a seguir entrenando hockey, esa preeminencia del valor de la familia como algo que todavía no se ha roto, donde nos acaba encontrando. Lo dijo Pete Docter, “todos tenemos una emoción dominante. Atravesamos periodos de felicidad o de tristeza, pero algunas personas son naturalmente alegres, tristes o están permanentemente enfadadas. Riley forma parte de la primera categoría”. Una película mágica. Deseando leer la lectura que le haga Slavoj Zizek.

 

Es otra construcción de la emoción bien distinta la que se logra en Mediterranea. Es este el primer largometraje dirigido por Jonas Carpignano, quién ganó con el cortometraje A Ciambra el Kodak Discovery Award el año pasado en Cannes, y que con la película que ahora presenta expande el universo que abría en el corto A Chjana. Este director se encuentra realizando otra historia sobre este mismo universo, con el jovencísimo y pícaro Pio que aparece en esta película y que protagonizará un filme sobre las conexiones entre la mafia y los migrantes en esta zona de Italia. Todo esto no es casual, ya que Carpignano vive en Rosarno, comparte piso con el protagonista del filme (Koudous Seihon) y ha trabajado como segunda unidad en Bestias del Sur Salvaje (película con un tono bastante distinto a esta) y forma parte de un colectivo de creación fílmica que cree más en el grupo que en el individuo.

Expuesta de forma capitular y renunciando a un gran arco dramático (o ya de paso clímax), esta película muestra todas las facetas de la reciente experiencia personal de su protagonista, Ayiva, en cuya travesía desde Burkina Faso y por todo el mediterráneo hasta asentarse en Italia (en Calabria concretamente) nos muestra el periplo vital de una supervivencia al límite, al que se le estrella la idea de paraíso europeo que él tenía en mente y que deberá adaptarse de manera extrema, resultando como premio a su atrevimiento a aspirar a una vida mejor una pérdida de la identidad propia, que como nos explica el filme es normal en las historias de expatriados. Una narración en clave realista y verosímil que explora tanto la idiosincrasia del mundo subterráneo en el que viven estos no-ciudadanos como el catálogo de experiencias que representan esa violencia sistémica que el director supone vivieron los protagonistas de los disturbios raciales acontecidos en Rosarno, en 2010 y que son también paralelos a los de todos los migrantes desencantados.

La cámara de Mediterranea se mueve valiéndose de una actuación inteligente para conferirle esa sensación profundamente documental, y con ello es que se cuida de no caer en la sensiblería o en la estafa. Pese a que muchas de las emociones son universalmente reconocibles, algunos de los actos silenciosos de sus protagonistas podrán chocar con diferentes interpretaciones por el espectador, hecho sumamente poderoso y que puede tener mucho que ver con la vinculación que ha tenido Carpignano a comprender las vidas de los naturales del Sáhara. Si entre sus más notables fallos pueden estar un par de trampas de guión, sobresalen más sus virtudes, como su equilibrio entre momentos de impacto, entre sujetos y objetos enmarcados y unas muy interesantes conexiones entre lo que para los migrantes de la película parecen proyectar las canciones de Rihanna, Sean Paul y otras que vemos en la película. Además de todo esto, las escenas filmadas en mitad de la tempestad en el océano se hacen imposibles de olvidar. Con esta película, aunque desde otra postura, también nos emocionamos.

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