Fraction: taxonomía de la aversión

marzo 17, 2014

Parece haber dos tensiones constantes en la obra de Kago (evidente perverso confesado): el tabú y el prejuicio. Lo que para algunos son ejercicios de impostación en forma de carnicerías gore y desagradables sexualidades de la periferia es para él la base sobre la que cuestionar la mirada del espectador. Kago como un Meliés del manga del s. XXI que, en vez de buscar elementos del espectáculo de variedades y la aventura, emplea el sadismo y el asco. Y aunque en Novia ante la estación o Reproducción por Mitosis y otras historias esta podía ser la baza principal, con unos mensajes que, aunque simples, nada denostables (la potencia y frescura de las imágenes le han consagrado como el gran representante del ero-guro actual) es ahora con Fraction donde esa citada tensión entre el tabú y el prejuicio hace un giro copernicano para usar en su base ya no el eros y el tánatos, sino la metanarrativa. A fin de cuentas, lo que le diferencia a este autor de sus otros colegas de corriente artística es su lujuria por el metalenguaje.

Fraction se presenta como la clásica historia de misterio que juega a investigar quién es el culpable, y la protagoniza nada menos que el propio asesino en serie, el cual que se encarga de matar a jóvenes aficionadas a las películas de terror de una forma cruenta y salvaje (las retuerce con un torniquete por la mitad de sus cuerpos hasta que sus miembros revientan desde el interior). Asesino en serie, mitosis, fractalidad, multiprotagonistas o cuerpos desmembrados son conceptos que resuenan tanto en la historia como en tu mente, buscándole las raíces significantes o al menos algún bonito juego léxico. A medida que avanzamos, Kago, que sabe qué tipo de lector es el que lee sus historias (aficionado al gore, sí, pero también fanático del mindfuck), somete al lector a fatigantes ejercicios de cuestionamientos sobre su percepción de la realidad en ese pequeño universo ficticio, con tour de force con respecto a tus expectativas de lo que está sucediendo incluida, como en un juego del gato (lectores) y el ratón (narrador) donde el ratón no es que vaya más deprisa que tú, es que viaja por túneles hechos de efectos ópticos que no percibes hasta que te has chocado de lleno contra ellos.

Para cuando vemos al mismo Kago como uno de los personajes principales pero, a la vez, al margen de la narración principal las dudas ya llevan rato materializándose en nuestras mentes, cada vez más apremiantes, y es que… ¿cuál es el verdadero orden en el que hay que colocar las piezas de este rompecabezas? ¿De cuántos niveles narrativos estamos hablando? ¿Soy acaso yo un pop-up más dentro de esta historia? En cada página aparecen nuevos arsenales con los que se alimenta la complejidad de este experimento, una avalancha de estímulos desconcertantes que luchan por expandir tus límites de lo aceptable. Fraction es una trampa de la que eres incapaz de salir. De esta forma, el posible rechazo que le provoquen a los lectores los cuerpos desmembrados pierde toda importancia, pero a la vez somos tan incapaces de asirnos a ninguna preconcepción que hemos conseguido espantar a nuestros prejuicios al imbuirnos en la historia. Y si no podemos apelar al prejuicio, descubrimos, estamos desnudos y a la merced de lo que el autor quiera contarnos. Ahora sólo nos queda confiar en que a este psicópata al que la vida parece cobrarle sentido cuando es capaz de infectar retinas ajenas le apetezca dejar algo de bondad humana para cuando confirmemos quién es el auténtico asesino.

Este ejercicio no es, por supuesto, novedoso. La esencialidad del medio está también contada en papel en La broma infinita de David Foster Wallace, o en el reciente Casa de Hojas de Mark Z. Danielewski. Dentro del mundo del cómic casi se le acerca (pero qué lejos al tiempo) el Building Stories de Chris Ware. Lo que tiene de mágico y especial el Fraction de Shintaro Kago con respecto a las demás obras es que, aunque los demás lo intenten, nadie va a saber combinar la finura intelectual de sus arquitecturas metalingüísticas con un surrealismo tan poderosamente subconsciente, psicoanalítico, sádico y enfermizo.

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