Gone Girl: lo que tú creas

octubre 17, 2014

Nota informativa número uno: dicen que al menos hay tres formas de experimentar el visionado de Gone Girl, y que cada uno condiciona el entusiasmo o la falta del mismo con que se valora la película: habiendo leído el libro, no habiéndolo leído pero sabiendo lo que va a ocurrir y el visionado virgen de todo soplido. Yo me encuentro entre los de este tercer caso.

Nota informativa número dos: este texto está plagado de espoilers que, sinceramente, es mejor evitar en caso de no haber visto la película. A partir de aquí es tu responsabilidad.

Generalicemos un poco, por qué no. Hablemos del cine de David Fincher en conjunto y digamos que sus obras son un ramo de ensayos sobre las diferentes y posibles cartografías de un estado paranoico condicionado por los cambios ideológicos en una sociedad, y sobre cómo nuestros modos de interactuar con la información nos provocan estos estados. Pero maticemos que, en el caso de Gone Girl, más que sobre la unión entre paranoia y mirada fílmica y de nuestra incapacidad actual para mirar desde la inocencia… el filme abre una profunda herida sobre el arquetipo matrimonial (no vemos la boda, no hay niño, ella desaparece en el quinto aniversario; también que aquí este arquetipo es un cementerio de elefantes de lo real) y todo lo que a día de hoy lo bordea. Parece confirmarse que, mientras sigan existiendo estas instituciones de lo sagrado y directores que sepan llevar a cabo una buena labor narrativa, la emoción, el estremecimiento, seguirá siendo posible y deseable. Que debemos recordar que, cuando ya no existe un único discurso sobre el que apoyarnos, cuando no tenemos certezas sino sólo supervisión, it’s the pretending that matters. Sigamos disimulando.

Ministerios del Afecto, o: are there any stories that we can tell ourselves about marriage that ring true?

El matrimonio es un “hard work”, nos dice Amy la superdotada, la ex Amazing Amy tan consciente de quién es como de quién puede ser y, sobre todo, quién quieren los demás que ella sea. Amy, la talentosa escritora de columnas, mujer florero y ama de casa (aunque poseedora de todo el capital económico del que dispone la pareja) es consciente, ha tenido que serlo desde joven, de que en esta cultura existen espacios mediatizados donde se rinden cuentas de cómo te comportas en todos los aspectos de tu vida. Y si eres Amazing Amy, se van a meter hasta en tu vida íntima. Ni siquiera vas a poder optar a tener un novio que te quiera, porque no existe, sino que tendrás que conformarte con alguien con quien podrás compartir cosas pero que, en el fondo, es también un extraño que espera de ti seas esa maldita Cool Girl que le complemente y eleve (como apunta la detective Rhonda Boney, es un Beta con pretensiones literarias, mientras que Amy es una Alfa). Te lo van a exigir todo y más. Y una forma de solucionar este entuerto es esforzarse en que, si para anteriores estadios del matrimonio (entendido como unión férrea y perenne entre un hombre y una mujer), era necesaria una firmeza en los valores y ahora esta opción es totalmente inviable, comprendamos no hay vínculo sin medi(ad)o(re)s, que las expresiones de lo “íntimo” son las que los medi(ad)o(re)s nos permiten, y pasarle esta factura a tu marido, Nick (ese cuerpo actoral que eleva a la quintaesencia Ben Affleck), quién sabemos no ha tenido nunca que enfrentarse a esta invasión a su vida íntima y que en un escenario en el que su mujer ha desaparecido y él es el objeto de toda sospecha y veremos triunfando, superado por esta odisea mental y emocional, pero preparado por fin para una nueva vida donde el matrimonio, por encima de todos los impedimentos ideológicos, consigue triunfar. Y el neo-noir fincheriano yéndose, aún con esta fotografía glaciar y relajante y esta banda sonora sutilmente cómica, un pasito más allá.

“Talking isn’t cinematic, but drama is”

Siendo, tal vez, su película con el tema menos pirotécnico o artificioso de su filmografía, y también otro paso adelante en esa desinhibición de restricciones anteriores de las que el director hacía gala (en cuanto a lejanía visual sobre todo, con esa inmensa cantidad de escenas que son close-ups, en rostros, invasivas en las conversaciones) es, tal vez, en el que su estilo nos dice lo más interesante, o al menos donde parecía más difícil trabajar el corpus fincheriano, sin exhibiciones de ningún tipo de juegos con la cámara, e hiperdepurado, que no relajado, a la hora de rodar las conversaciones, materia prima de la que se nutre la acción del filme. Así se consigue un escrutinio emocional en clave hardcore de los personajes del filme, de sus proyecciones de identidad sobre los demás y cómo esto condiciona la construcción de lo que somos, tan trepidante que casi se nos olvida por un momento que estamos ante un thriller del tipo de un relato criminal, de que estamos ante un melodrama cuyo envoltorio es tan manido y estilísticamente clónico con otros que, de no contar con la firma de este director, hubiese pasado ante nuestros ojos como cualquiera de estos contenidos-nicho de temporada, de que en dos horas y media no has tenido que mirar ni una sola vez el reloj. Aquí nunca nos atreveríamos a dar un eslogan tan reduccionista como Kubrick meets De Palma, pero….

Creo que nadie que haya visto la película podrá negar el peso fundamental de los medios de comunicación en el caso (¿o es en nuestras vidas?), en ocasiones mismo motor de los acontecimientos, mediador de los sentimientos en todos ellos… y al tiempo la dificultad de determinar si ésta provocación es para el coflicto una ventaja o una desventaja, aunque sí sea el  indiscutible territorio sobre el que tendrán (tendremos) que movernos. La misma disyuntiva aparece al intentar juzgar la misandria, misóginia o misántropía, más una sucesión de situaciones que bordean estas cuestiones morales que un mensaje lanzado desde alguna postura. Pero hay una intencionalidad de incluir este asunto en los vericuetos resolutivos de la trama, pues ambas cuestiones se encuentran en el mismo núcleo de la historia, de su carga narrativa, y que, sin embargo, es imposible saber de qué lado está el autor.

Hay un momento en el que, para mí, llega la catarsis. Sucede en el instante exacto en el que el personaje de Desi se empieza a poner nervioso porque Amy va mal vestida y come un yogur mirando en la televisión cómo ella y media Norteamérica sobreanalizan todo lo que expresa mediante todos los lenguajes posibles su marido. Sabes que Desi está harto porque la protagonista no se está comportando como “se espera” de la que fue Amazing Amy, y ahí, cuando ella empieza a proyectarse como estupenda mujer florero adivinas todo lo que va a pasar. Lo recogía Noel Ceballos hace un par de años con una cita del crítico David Denby acerca de El Club de la Lucha, que describía a John Doe como un asesino capaz de “poner patas arriba la complacencia de los demás, de perturbar el orden burgués”, y Noel, yendo más lejos, explicaba cómo los antihéroes del cine de Fincher son “artistas del código binario, revolucionarios movidos por el resentimiento contra el sistema de castas, terroristas ideológicos, arquitectos, Demiurgos Totales”. Y con esto en mente, miramos a esa subversiva, hiperconsciente y maravillosa Amy en medio de una macromansión, junto a ese exnovio que siempre la persiguió, a quién ella nunca dio bola y que ahora la tiene totalmente atrapada. Y donde ella, después de ver cómo se desvanecía su plan maestro, decide tirar por tierra cualquier porvenir emancipado y elige inmolar de una vez por todas ese orden que la ha estado cobijando pero que, en el fondo, merece ser destruido. Eso sí, quedándose ella dentro. Vemos cómo cuela con sus actos al mismo tiempo debate en torno a las cuestiones de género y de clase, de cómo se maneja ambiguamente entre los diferentes significantes que la constriñen y hacen desvanecer su identidad para hacerlos saltar por los aires de la manera más sádica, perversa, psicópata posible. En el fondo, la única opción por la que se decantan todos y cada uno de los protagonistas de las historias del director. Digamoslo sin miedo: tal vez la única que nos queda. Y dentro video:

Gone Girl es una película para repetir. Por su acertadísimo y comiquísimo casting, por la cantidad de metarreferencias de las que tirar, por los puentes cinéfilos que tiende. De todo esto se habla aquí y muy bien (así que si han llegado hasta aquí qué más les da, lean también este texto), y como queda claro es sólo otra meticulosa descarga de odio, vanidad, genialidad y diversión por parte de Fincher. Una genialidad que, además, ha ido demasiado lejos si nos fijamos en la cantidad de piezas-encuadre, ansiosas por este tipo de fenómenos de posturas enfrentadas, que desde los medios de comunicación se están lazando sobre la moralidad de la película, dejando claro que el retrato que se hace de estos agentes mediadores en la película es exactamente el retrato fidedigno de un mundo inmerso en la información, y cómo esta al final nos construye. Psicosis colectiva, remedio de tontos. Y Hitchcock muerto desde hace más de treinta años.

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