La edificación sonora: Cómo funciona la música y Resonancia siniestra

mayo 10, 2014

Si a día de hoy la creación de ideas es concebida meramente como producción de contenidos y la manifestación artística se entiende como el engranaje más dulce del proceso industrial cultural no es de sorprender que la postura de observar la música desde su dimensión de fenómeno material seduzca a unos cuantos. En definitiva, ¿quién no se ha preguntado alguna vez sobre cómo nos afectan los modos de escuchas a la percepción sensorial? ¿O cómo afectan los límites materiales a los procesos de creación?

No llamaremos ensayo a Cómo funciona la música, porque no lo es aunque a veces lo parezca. La ambición que manifiesta el libro de David Byrne, líder del grupo neoyorkino new wave de finales de los 70 Talking Heads, queda en agua de borrajas a la hora de afrontar lo que anticipa el título y es incongruente con lo que aclara en las páginas del prólogo que “este no será un repaso autobiográfico sobre mi vida como cantante y músico” cuando, en verdad, una gran parte del tiempo es justamente eso.

Cómo funciona la música es un pastiche de anécdotas personales afortunadas, de pequeñas golosinas sobre la historia de la tecnología musical (brillantes y trasnochadas a partes iguales); un compendio de directrices algo manidas sobre la creación de un club nocturno y también un repaso a los hitos intelectuales con respecto a las corrientes de estilo musical que vivió el letrista (esos momentos con Brian Eno o Fatboy Slim). Es decir, los ámbitos en los que se maneja, dentro del conocimiento musical, son excesivos para su capacidad como experto en la materia. Es por eso que el libro falla cuando intenta ser una guía sólida del origen de todos los géneros musicales a lo largo de la historia, o cuando con cuatro datos expone la radiografía del funcionamiento del pop, pero es un gusto cuando incluye el fenómeno de la acusmática pitagórica o las limitaciones a la hora de componer que propicia la tecnología (los softwares y hardwares) o la falta de ella (el pop argelí). Los más iniciados encontrarán molestas las múltiples referencias al Perfecting Sound Forever de Greg Milner y al Capturing Sound: How Technology Has Changed Music de Mark Katz. También la inclusión a medio elaborar de múltiples aseveraciones harto frecuentadas (la improvisación la inventaron las bandas de jazz a principios del XX; la falta de percusión hace a la poesía menos popular que el rap). Desde luego, siempre es valioso escuchar en palabras de quienes vivieron el origen del post-punk y el art rock, pero en teoría este no era el propósito del libro.

Sin embargo no todo está perdido. Byrne mantiene un tono sincero y se cuida de vez en cuando de recordarnos que más que un musicólogo es un oyente aficionado. Cómo funciona la música funciona (y con verdadera virtuosidad) como arengador en pos de la experimentación, del valor que deben darle a la extravagancia aquellos que sienten cómo se bloquea su mente al ver fracasar la idea preconcebida de lo que debería ser su proyecto. Para animarles a explorar las alternativas que les confiera a sus problemas la realidad práctica inmediata. Un canto al poder creador de las circunstancias y un recordatorio constante de que la expresión “lo suficientemente bueno” es a veces la mayor garantía de éxito. En realidad, un libro consecuente con la propia figura de Byrne, que siempre creyó que era más importante la puesta en escena y el motor de arreglo que alcanzar la quintaesencia musical. Y aunque no estamos en acuerdo con su afirmación final de que el paisaje pinta bien para las nuevas generaciones de músicos, sí creemos que Cómo funciona la música puede ser un buen manual al que acudir en caso de que necesitemos recordar la importancia del enfoque y el pragmatismo.

Harina de otro costal es el Resonancia Siniestra: el oyente como médium del musicólogo David Toop. Si ver es creer… ¿Escuchar es atestiguar una ausencia futura? Para Toop la música, o mejor dicho, la producción sonora, es “vacío, miedo y asombro”, una dimensión más de la realidad, una que se confirma o se obvia dependiendo de la percepción del oyente pero que, innegablemente está ahí en todo momento. Es decir, el silencio no es más que una forma de sonido, una en la que de hecho los humanos rellenamos sentido aún sin darnos cuenta. El sonido es lo audible y lo inaudible, y en ambos casos lo inaprensible. Con esa condición de fenómeno fantasmal, de espectro esquivo que la sensación sonora posee, Toop intenta ponerse total a la hora de explicarnos cómo esa dimensión ha sido sistemáticamente despreciada a la hora de analizar la historia, la existencia y hasta la condición humana. El autor sostiene que cuando vemos un cuadro como El Grito de Edvard Munch oímos en nuestra cabeza de forma inconsciente un aullido enmudecido que muta según nuestro rango perceptivo, que en las páginas de Poe sus sonidos, los que se nos evocan desde las imágenes que se representan y desde el lirismo de sus palabras en el original potencian ese estremecimiento propio del escritor, que esa franja de contacto entre la música y el lenguaje que es el grano de la voz que nos descubrió Roland Barthes encuentra en el Ahab de Moby Dick de Melville a un gran ejemplo de esta lección cuando asomándose a las fauces rugientes de la inmensa ballena está dejándose atraer por el abismo negro. El sonido es indescifrable, pero no sus manifestaciones. Tal vez por eso mejor que centrarnos en la emoción que nos produce el A Love Supreme de Coltrane deberíamos acercarnos a lo que las obras de Rembrandt, Vermeer, Duchamp, Rauschenberg, Malévich, Twombly Woolf, Faulkner o Beckett pueden decirnos sobre el sonido. “El sonido es energía desatada, pero también al tiempo el perpetuo desvanecimiento, crecimiento y decadencia de la vida y la muerte, lo que es una metáfora perfecta de lo que es un fantasma. Es por esto que con toda probabilitad en las obras de teatro japonesas del siglo XV conocidas como Noh, el fantasma siempre puede ser oído pero nunca visto, ‘las palabras se las lleva el viento. La carta escrita permanece'”*. Cualquier otro título para este ensayo que no fuese Resonancia Siniestra sería un terrible error.

David Toop es comisario, artista sonoro, filósofo y autor ambicioso. Sus libros, siempre centrados en el oyente, la escucha y la huella sonora, ya se habían acercado a una teoría unificada sobre este tema en varias obras que lamentablemente no han sido traducidas al castellano (y de entre las que destacamos Exotica: Fabricated Soundscapes in a Real World y, sobre todo, Ocean of Sound: Aether Talk, Ambient Sound and Imaginary Worlds). Pero Toop hace en ésta su obra más reciente y editada originalmente en 2010 un imperfecto pero más amplio alegato de una de las cuestiones más escurridizas de la audición. Las disgresiones, hermosas y profundas, pueden generar un estado de semi-inconsciencia en el que dejamos de prestar atención a las ideas que intenta exponernos para quedarnos en lo evocativo de sus palabras y, dicho sea de paso, conseguir que usemos el libro como un recurso más de abstracción contemplativa que como manual sobre la escucha. Sin embargo, la inteligencia con la que el experto acierta en los análisis de los artistas citados y la rareza de las conexiones que establece muestran que esta misión en la que él solo se ha encomendado es, desde luego, algo que aún no ha sido del todo descifrado. Eso sí, cuando lo logre, será un descubrimiento que cambiará para siempre nuestras vidas.

*La cita es una libre transcripción del original en inglés, ya que es en este idioma en el que lo he leído. No he estudiado interpretación, así que espero sepáis perdonar mi pobre traducción.

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