Ojo de Halcón: la paleta Shibuya-kei

julio 28, 2014

Tenemos ya desde un segundo número el momento en el que se nos descubre que las andanzas del superhéroe Ojo de Halcón no son la de uno sino de los dos cuerpos que lo encarnan en el tiempo presente: Clint Barton y Kate Bishop. Tenemos una economía narrativa al estilo del mejor Mark Millar (¿recuerdan aquel Superman Adventures: 22 Stories in a Single Bound?) con ese sentido del ritmo, importantísimo ahí en lo relacionado a las peculiaridades de un superpoder que tiene como centro el dominio del tiro con arco, perfectamente sincronizado con la fluidez de las acciones (o la ausencia de las mismas) que estamos viendo, y también contamos con un estilo visual retropop arrollador del que resaltan tanto la inteligente composición de la página como su acierto gráfico, cuestión de líneas y colores, al estilo Saul Bass. Vale, esto no pinta mal. Tenemos, como vemos también a lo largo de los números siguientes, unas historias que no se estiran en ningún caso más de lo necesario, pero sabiendo crear corrientes de ficción que se saben extender o darse por finalizadas con la misma naturalidad que si de la vida misma se tratase. La continuidad, la capacidad de conectar a Ojo de Halcón en relación con otras cabeceras de la Casa de las Ideas no es un valor a alabar, tal vez por eso no hay crossovers ni team-ups estelares metidos con calzador (el supergrupo es la burocracia de la aventura, la contingencia de los martes*), pero tampoco se deja de prestar cuidado a la evolución de sus personajes, callejeros y cínicos, que pese a la práctica habitual en las colecciones de comicbooks de hoy de ir contabilizando las series en packs de a 6 (para una posterior recaudación más jugosa via compilaciones) aquí tienen historias que funcionan de manera independiente y a veces armándose en grupos de 2, de 5, del número necesario. Vale, todo esto sigue pitando bien.

El mundo visual al que se nos acerca, por cierto, es el de la edad de plata de Marvel, del estilo de Jim Steranko o David Mazzucchelli, del The Italian Job, Barbarella o Alfie, de los detectives privados de las novelas negras como el creado por Raymond Chandler, Philip Marlowe (quién, de hecho, sale en un par de números revisitando en clave minimalista la historia de nuestro cínico solitario favorito y sus andanzas en el filme The Long Goodbye de Robert Altman). Las referencias no son casuales, y se convierten no sólo en refrescantes, sino reivindicativas. La historia de este Ojo de Halcón arranca con un Barton que recupera el espíritu de su personaje de los ochenta, despreciando la versión ideada para el arquero por Millar en los noventa. Barton, aislado de unos Vengadores que aparecen mencionados continuamente como telón de fondo (pero sin llegar a personarse más que un par de veces), está representado como un tipo normal que se las apaña en sus ratos libres entre épocas de misiones heroicas para pelear contra una mafia rusa que, como sicarios a las órdenes de los poderosos, intentan echar del barrio a los últimos inquilinos que impiden la irremediable gentrificación total de Manhattan. De la cosmología mitológica al jocoso existencialismo bebop. De la aburrida madurez a la exaltación pulp. Y de la seriedad y coherencia de esos héroes oscuros al cóctel ye-yé y al Archer trasladado a un cómic de personajes tridimensionales firmados por Matt Fraction mientras el apabullante despliegue visual de David Aja cocina buena parte de la receta. Hacerlo desprendiéndose de cualquier ornamento innecesario, yendo al corazón de la melodía pop. Hacerlo todo lográndolo con dos trazos. Eso es.

Tras dos intentos previos en los últimos 10 años de lograr una serie regular que funcionase, Ojo de Halcón consiguió despegar por fin como colección propia en 2012. Mucho, o todo, tiene que ver con esto que el proyecto acabase en manos del equipo de Matt Fraction al guión y David Aja a los lápices, dúo que se encontraba en un gran momento dada la popularidad que les había conferido su buen hacer en la serie de Inmortal Iron Fist. Tal vez el estilo de dibujo dinámico, tal vez sus incursiones en la narrativa secuencial, o más posiblemente revelarse como cabecera sobre un heroe que no es más que un tipo normal y corriente con el que es sumamente fácil empatizar, estilo Peter Parker (pero con rasgos propios que le diferencian del hombre araña), la colección de este volúmen 4 del arquero ha ido conquistando a crítica y público, número tras número, encontrando un satisfactorio cúlmen en la pasada edición de los premios Eisner en donde la serie triunfa desde 2013 al estar nominada en múltiples categorías y donde no sólo consiguió el galardón a mejor portadista para Aja que ya se granjeó en 2013 sino que a ese se le añade el de mejor número suelto gracias al extraordinario número 11, contado desde el punto de vista del perro de Clint Barton y titulado Pizza Is My Business. Una gran novedad sobre la que, seamos sinceros, sabemos de su importancia dentro del cómic superheróico actual gracias al trabajo de criba de esos lectores que sí consumen el resto de historietas del estudio de manera regular. Todos ellos coinciden: junto con lo nuevo de los Vengadores es de lo mejor que le ha pasado a Marvel en los últimos tiempos.

*La Imparable Extensión de lo Nimio, artículo de Raúl Minchinela para Supercómic, Mutaciones de la novela gráfica contemporánea.

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