Personal Teenage Hit

abril 15, 2015

Un año ha cumplido este blog hace apenas un par de semanas. Un año es también el tiempo que me marqué en el calendario como fecha para evaluar si había sido capaz de mantener este pequeño proyecto a flote. Un año, lo que consideraba un mínimo de trabajo que debía haber detrás para poder crear una entrada colaborativa en la que le pidiese su participación a las firmas que aquí vais a poder leer y que son la mitad de las personas más interesantes que, para mí, hay en el Internet de España. A todas ellas estimo y respeto por lo que son, seres tocados con una visión propia y unas ganas irrefrenables por aprender más. Por esforzarse en encontrar siempre algo nuevo. Por llegar más lejos.

La temática de este post se explica bastante bien en su propio título. Personal Teenage Hit es la elección personal de una y sólo una de aquellas canciones que durante la adolescencia de cada cual le marcó de forma irremediable. Una canción que sirve de ejemplo de todas esas hebras culturales de emoción que atesoramos y que terminaron por conformar lo que con el tiempo comprenderíamos que es la identidad propia. Canciones que, por nuestra experiencia particular sobre ellas, terminamos haciendo nuestras. Le pregunté a las personas que, por lo que trasmiten, viven la música como algo importante en sus vidas… y también a aquellos que parece siguen guardando una vena muy adolescente, en el mejor sentido, en su carácter, como si tal vez aquel período pudo ser un momento de gran agitación y reveladoras epifanías.

Mandé la propuesta y dijeron que sí. Casi todos. Sin pedir nada a cambio. Incluso algunos parecían ilusionados con la idea. Les debo un gran favor por su participación que, sin querer, ha acabado siendo doble. Porque esta entrada puede leerse escogiendo leer las aportaciones de cada cual, pero hay también unas ideas que se han manifestado accidentalmente al juntar todas estas piezas y que, reconozco, no había previsto pudiese producirse, aunque a posteriori parezca evidente. Este es un pequeño análisis de las distintas formas que existen de relacionarse con el pasado, con los lugares de vida, con los referentes culturales y también con uno mismo. Brotan temas en común, entre los que destacaría una oda velada a los primos y hermanos mayores y también a las grandes cadenas de entretenimiento, pero hay otros muchos más. En cada cual estará desvelarlos, sentirse o no reflejado con estas sensibilidades, escoger el que creas es tu antagonista emocional o disfrutar de cómo muchos de los autores se han posicionado con respecto a la autocompasión en diferido. Como puedes ver estamos ante un post kilométrico, pero te pido paciencia. Guárdalo para cuando tengas tiempo, que merece la pena. Ah, y disfruta de los viajes.

Álvaro Arbonés, 1988. Malice Mizer – Beast of Blood (Beast of Blood, 2001)

Sería fácil caer en lugares comunes, supuestas tendencias que me deberían avergonzar por pertenecer a esa (pre)adolescencia donde se carece de cualquier clase de criterio formado; Estopa, como The Killers, siguen perteneciendo a mi repertorio básico de karaoke, ergo no hay vergüenza alguna. También sería fácil acudir al punto en común compartido por todos en mi generación (siempre que fueras oscuro) y elegir algún tema de HIM, siendo especialmente adecuado Gone With the Sin —I just love the way you’re running out of life, lo que significa la adolescencia (que para algunos es eterna) sintetizado en una sola frase—, pero aunque HIM sean un grupo importante de mi adolescencia, más que de “hit” tendría que hablar de “discography”. Sin embargo, existe otro grupo que, a través de una canción en particular, sintetizó dos de mis obsesiones particulares más constantes: lo oscuro y lo japonés. Sintetizaría muchas otras también, pero dejemos espacio para el misterio. O para la interpretación. ¿De qué grupo hablo? De Malice Mizer, ¿de qué tema? De Beast of Blood.

Aquellos primeros coqueteos con el anime y lo gótico —del XIX, aunque el otro llegaría poco después— regados por los versos de Baudelaire me llevaron directamente hacia Malice Mizer. Y de allí, aunque sienta pasión por Gackt, acabé abonándome como fanático de Klaha. Era imposible resistirse a esa combinación de sexualidad ambigua —aunque el caso de Mana era el más evidente, con su aspecto de muñeca de porcelana, el savoir faire de Klaha de ser afeminado-pero-masculino no era menos llamativo—, estética anacrónica y disonancia cultural. HIM eran metal, pero Malice Mizer no sonaban como nada que hubiéramos escuchado antes. Era imposible que no me enamorara del grupo y de la canción.

Primero como acompañamiento sistemático en el discman y el MP3, después como uno de los temas recurrentes que siempre acababan sonando en nuestro bar (gótico, por supuesto) de referencia, sólo hay dos o tres canciones que hayan sonado de forma más reiterativa en los momentos más relevantes de mi vida. Siempre acababa apareciendo en todas partes, incluso durante la época que renegué de Malice Mizer.

En cualquier caso, ¿por qué Beast of Blood y no Gardenia, la mejor canción de Malice Mizer, o haber apostado todo por Mizerable, el primer y mejor single de Gackt? Porque en el primer caso nunca fue tan importante, ha sido un gusto adquirido con el tiempo, y en el segundo caso porque si tengo que elegir entre Gackt y Klaha me quedo con el segundo, incluso cuando de entre ambas canciones prefiero la del primero. Porque Klaha ha sido mi modelo de masculinidad durante muchos años, aun hoy lo sigue siendo, ¿y quién sabe si no me acabaré volviendo a dejar flequillo (por su culpa) como ya me he vuelto a hacer la raya a un lado (por su culpa)?

Ahí sigue lo japonés, lo oscuro y ese otra infinidad de cosas que he ido dejando caer. Nada ha cambiado, sólo se ha potenciado. Porque hay cosas que no nos llegan por aprendizaje, sino que nos son constitutivas como nuestra propia sangre.

Noel Ceballos, 1985. Joy Division – Disorder (Unknown Pleasures, 1979)

Querido yo de 15 años: antes de nada, no le escribas ese poema a Stefania. Dios sabe que eso va a acabar en lágrimas. Aún no sé si has alquilado una película en la que sonaba un grupo que no se parecía a nada que hubieses escuchado antes. Si lo has hecho, coge ese autobús hasta la tienda de discos gigante que hay más allá de Piazza del Popolo y cómprate esa caja con cuatro CDs. Es cara, pero te va a cambiar la vida. Considéralo una inversión. En la portada sale el tío del que suelen hablar en esos Mondo Bruttos de los que haces acopio cada vez que vuelves a Madrid por vacaciones. Bien: este tío va a rescatarte de la adolescencia, la sensación de no pertener a ningún sitio, las veces que te sientes como un extraterrestre dentro de una fiesta en casa de alguien que no te cae demasiado bien, los rechazos, los fracasos, las peleas con tus padres, los poemas que le escribes a Stefania, el pánico, la soledad. Al fin y al cabo, has estado esperando a un guía que venga y te coja de la mano.

Martín Cuesta, 1974. The Pogues – Fiesta (If I Should Fall from Grace with God, 1988)

Tantos años de formación jesuítica dejó en nosotros la marcada impronta de dedicar nuestra vida a una causa que lo mereciera. Quizás entendiendo mal el discurso de los próceres de la congregación y viendo que el celibato (en cualquiera de sus formas) no era realmente una opción, decidimos, a esos ahora lejanos 16, que quizás Shane McGowan tenía la respuesta. Entendednos, había algo de elevado en ese desprecio al éxito, en ese anticulto al cuerpo no tan alejado, así nos parecía entonces, de un Simeón el Estilita revisitado. El cantante de The Pogues representaba de esta manera una especie de ejemplo sacrificial adaptado al espíritu de los tiempos: “Aquí te ofrezco mi cuerpo, Oh Señor”. Quizás era eso o quizás era que McGowan nos hacía ver que en realidad todo el tema del rock era una cuestión de actitud más que de talento. Pero, finalmente, tal vez todo fuera solamente una absurda coartada intelectual para justificar lo divertido que era escuchar Fiesta en los bares del antiguo barrio marinero, nuestro personal huerto de Gethsemane de noche y noli me tangere de mañana, exaltados por el dulce perfume de las semillas de Issaguen.

Xabier Cortés, 1984. Iron Maiden – Aces High (Powerslave, 1984)

Siempre me ha gustado creer que existe algún tipo de extraño mecanismo mental mediante el cual, la primera vez que una persona escucha a Iron Maiden en pleno apogeo de su efervescencia teenager, se activa una pasión desenfrenada por su característico ritmo trotón, una obsesión desmedida por esas melodías directas, un amor incondicional por los riffs categóricos y una devoción absoluta por La Voz® del bueno de Bruce Dickinson.

Cuando este descubrimiento lo enmarcamos, como es en mi caso, en pleno frenesí rock-radical-vasco —esa etiqueta genérica en la que lo mismo encontrabas la combatividad de Etsaiak que los delirios thrash de Anestesia pasando por el heavy de Su Ta Gar o el punk de La Polla Records y el parapeto de Negu Gorriak— y rodeado del (no siempre) amable manto de la ikastola, presentarte en clase con una cinta de Iron Maiden —un cassette grabado del cassette grabado del cassette grabado de algún amigo de algún hermano de algún vecino, así era 1997— significaba torpedear todos los pilares que sostenían ese frágil ecosistema.

Escuchar Iron Maiden en ese contexto era sinónimo de no comulgar con el status quo; te convertías en un outsider situado frente a tus compañeros de clase pero, en un giro de los acontecimientos brutal e inesperado, encontrabas la complicidad de «los mayores» y, sobre todo, de ese misterioso grupo de BUP y COU que vestían con aquellas increíbles camisetas —en las que más tarde reconocerías a Eddie, la mascota de Iron Maiden, en todas ellas— y esas siempre anheladas chupas de cuero.

Más adelante pasarían por mis auriculares el power metal persiguedragones, el goth y el black metal, el industrial y el dark ambient. Incluso llegaron los Swans para apoderarse de todo ello, pero Iron Maiden siempre estarán ahí y Aces High ocupará siempre un puesto de honor en ese ranking privado y particular que todos tenemos y que guardamos con celo y cariño.

Laura Gómez, 1990. Christina Aguilera – Can’t Hold Us Down (Stripped, 2003)

En 2003 yo tenía 13 años. Unos 13 años muy bien puestos, con todo el acné que una piel podía soportar y los ramalazos oscurillos de la clase media-baja madrileña: ahorrar durante meses para conseguir una falda del mercado de Fuencarral y comprar los corsés en Bershka. Por aquel entonces, que me fliparan (en secreto) Crazy in Love y Cry Me A River no era guay; en esos años me importaba poco lo que era el R&B de nuevo cuño porque mi guerra era la de creerme especial, y eso significaba rechazar el pop en todas sus formas de puertas para fuera. La ruptura de Britney con Justin me tenía bastante alterada, pero eso nadie lo sabía. El disco que más veces escuché entre 2003 y 2004 fue el Fallen de Evanescence, seguido muy de cerca por el Meteora de Linkin Park y los dos primeros de Avril Lavigne. Los que crecimos con la segunda generación de nu metal teníamos nuestros placeres culpables preparados a una distancia de seguridad para compensar tanto drama; ahora me doy cuenta de que ellos decían mucho más de mi yo actual que SOAD o Disturbed.

Muchos años antes de que Beyoncé le cantara a la libertad, rechazara lo superficial y lo cruel de la sociedad y llevara el feminismo a las masas, ya hubo otra diva que se encargó de ello en cada disco. Christina Aguilera lleva diez años incluyendo himnos a favor de la mujer en todos sus álbumes, y entonces era mucho más complicado colarse en las listas con una temática tan incómoda como la de la sacudida al abuso de poder de los hombres. Si hay una canción que lance una cuerda firme entre mi yo adolescente y mi yo actual, esa es Can’t Hold Us Down, el tema que sacó Aguilera con Lil Kim allá por 2003. Devolvió la lucha a las radiofórmulas, como ya hizo Madonna, y aunque yo aún no entendía muy bien todo lo que representaba, escucharlo me llenaba de una fuerza que hoy comprendo, apoyo, adoro y defiendo.

Recuerdo esas mañanas camino del instituto, con el dinero para el bocata de beicon en el bolsillo, mochila a la espalda y flequillo recto en las que sonaba en mi mp3 de pocos megas una canción que se dirigía “a todas las mujeres del mundo” y les invitaba a hablar alto. Entonces me daba vergüenza que me pillaran escuchándola; hoy le rindo homenaje. Lo mejor que pudieron hacer los 2000 por mí fue acabar con los pantalones de campana y descubrirme un pilar maestro en mis convicciones: nosotras somos tan valiosas como ellos.

So what am I not supposed to have an opinion

Should I be quiet just because I’m a woman

Call me a bitch cause I speak what’s on my mind

Guess it’s easier for you to swallow if I sat and smiled

Alberto Haj-Saleh, 1978. Corazones Estrangulados – No me molestes el sueño (Tan extrañamente bien, 1992)

Ay, lo de ser especial…

No hay nada que le guste más a un adolescente que sentirse diferente, todo el tiempo, de forma evidente y notoria. La singularidad, con la ropa, con los libros, con la actitud, con los sentimientos, con los nadie-me-comprende. Con la música.

Yo fui un chico 40 Principales. Es así. Escuchaba lo que decía la cadena musical del grupo PRISA, a La Unión, a Mecano, a La Guardia, a Roxette, a Bananarama, a los que ellos dijesen. Por eso lo mío con Corazones Estrangulados fue todo un acto de singularidad, de sentirme diferente, de tener –al fin- la ocasión de poder decir: “¿Mi grupo favorito? Corazones Estrangulados, ¿los conoces? Son de Córdoba”. No, no los conocían. Los conocía yo, que era especial.

Los escuché por primera vez en una emisora recién nacida, en 1992, se llamaba Cadena 100. Ponían grupos que no sonaban en los 40, aunque esencialmente programaban lo mismo. Y una tarde de estudio salió del transistor la voz rota y masculina de Eva Riquelme cantando No me molestes el sueño, guitarrera y fronteriza, y que me hicieron anotar nervioso el nombre del grupo e ir a Sevilla Rock a buscarlos al día siguiente. Y allí estaba aquel vinilo llamado Tan extrañamente bien, 1700 pesetas, mi paga de un mes. Mío para siempre.

En septiembre de 1992 empecé primero de BUP, otro instituto, lejos ya de los Salesianos y de las clases de solo chicos, al otro extremo de la ciudad, ni una sola cara conocida. En la radio anunciaron el concierto, “viernes X de septiembre, discoteca Caribbans, Dos Hermanas”. Pregunté. Me dijeron que sí, pero que fuese con uno de mis primos de allí. Llamé a David, tres años mayor que yo y él, siempre dispuesto, siempre cariñoso, me dijo que claro que sí, que lo íbamos a pasar en grande. Fuimos en moto, aunque me lo tenían prohibido, y la discoteca estaba casi vacía. Salió la banda y Eva fue la última en aparecer, el pelo sobre los ojos, abstraída de la ausencia casi total de público. Dos chicos apuraban un cubata sin prestar atención a la música, mi primo se reía de mi emoción y me dijo “¿Quieres una copa?”. No supe qué contestar y se volvió a reír y se marchó a la barra. Volvió con un Licor 43 con piña y me lo dio con un guiño. Y entonces empezó a sonar No me molestes el sueño. Le di un gran sorbo a la primera copa de mi vida y empecé a cantar a voz en grito, mientras por primera vez en mi vida dejé de sentirme un niño.

Merche Montero, 1977. R.E.M. – Welcome to the Occupation (Document, 1987/Pop Song, 1989)

Esta mañana he resucitado un muerto que habitaba en un cajón: he puesto un casette viejo en una radio.

Me crié en la cocina de un restaurante con abuelos, padres, tíos y primos. La vivienda de mis abuelos, situada un piso por encima del comedor, permitía a mi primo mayor molestar a la clientela con la música a todo volumen. Él tenía quince y yo trece cuando el Out of time de R.E.M. arrasó en todas partes y reventaba también la cadena musical en el piso de arriba. Yo odiaba a Michael Stipe pero luego lo amé, porque al final los primos mayores son importantes para estas cosas.

En mi pueblo no había tiendas de música y yo no tenía dinero para comprar. Me alimentaba de grabar cintas de discos de amigos de mi primo, de la radio y de las gasolineras. Sí: las gasolineras.

Una tarde con la bicicleta me paré en una gasolinera de carretera secundaria que ahora ya no existe. Allí rebusqué en la cesta metálica de los casettes de oferta. Pop Song, R.E.M., once canciones, Recorded Live During Green World Tour USA ’89. Riservatti tutti i diritti. Made in Italy. “Eso no es un disco oficial”, dijo mi primo, que lo sabía absolutamente todo.

Antes de la tercera canción de la cara A. Welcome to the occupation, Michael Stripe decía: “El Salvador is a small country…” y luego entonaba esa letra (críptica y no, como tantas en ellos), “Freedom reigns supreme… Fire on the hemisphere below…”.

Yo tenía recortes de prensa sobre críticas de cine, el Mundial de Italia 90, la guerra del Golfo y el conflicto de los Balcanes. De ese disco me aprendería de memoria Orange crush, pero Welcome to the occupation me llevó a otro lugar: a indagar qué había pasado en El Salvador, algo de lo que jamás había oído hablar. Muchas de las cosas que ocurrían pasaban desapercibidas ante mis narices y yo quería saber más. El mundo en ebullición de los primeros noventa me llevó a transcribir letras de canciones en una libreta nueva y a molestar a mis padres con la guitarra, que de mi fiebre musical e interés repentino por el prójimo no tenían ni idea.

Esas letras, a diferencia de las de mis padres, ya no estaban en castellano.

Blanca Margoz, 1991. No MDMA, just pain.

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Willow Smith es una millennial maravillosa que hace covers bestiales de SZA mientras se pone piercings fake en la lengua a.k.a  LA ADOLESCENCIA

Cuando Esther me propuso el PERSONAL TEENAGE HIT, la cultura de hiperconsumo que llevo 8 años alimentando con mimo y piratería loca me explotó en toda la carusa. No tengo un personal hit, ni grupo favorito, ni siquiera género favorito, no recuerdo haber rayado un disco o haberlo comprado ahorrando la paga de los domingos que nunca tuve. Soy una desgracia fragmentada, o peor una millennial. Apenas consumo música que no provenga vía streaming o del directo.

Y no es que no haya fumado petas una tarde entera escuchando a los Melvins, Marc Bolan, Mudhoney o 13 Floor como todo hijo de vecinillo, o que desconozca “los clásicos” y por ello no me han volado la cabeza cualquier disco de noise, kraut o punk para sangres frias;  es sólo que la tentación de saber qué ovarios ocurre a mi alrededor TODO EL RATO ha superado cualquier embrujo mitómano o lección nostálgica moralizante desde atalayas indies, undergrounds o mainstreams. Siempre me he divertido buscando grupos con 0 escuchas en canales de youtube o discos editados en la última semana que olvidaría a la siguiente. Le he dado a la música la misma importancia mínima pero irrevocable que a cualquier función vital razón por la cúal no se ha convertido una cadena de aisladas experiencias místicas arrebatadoras si no más bien en los backgrounds de distintos aprendizajes usar, tirar y superar que realmente nada tenían que ver con la música.

Tras estas líneas se intuye que en 2008-2009 (mi adolescencia)  escuchaba una cantidad nada despreciable de descargas ilegales o estrimeos mensuales de discos,singles, playlist, edits AND SO ON que es básicamente aunque con el hocico algo más fino, lo mismo que sigo haciendo en 2015. PERO, por escoger una historia de entre toda aquella morralla que todavía me haga sonreir volvamos a Willow Smith.

Ojalá putos piercing FAKES en 2009!! Con la osadía y la estupidez que corresponde a la edad pillé una aguja de aquellas gruesicas (para lana?) , la esterilice como dios me dió a entender,me coloqué un hielo bajo la lengua y me la agujeree. Fué un día de diario aproximadamente a las 7 de la tarde. No contenta con eso, pasé de colocarme la movida sanitaria y me chasqué una mierda azul que hice pasar por “la tapa de un bolígrafo” cada vez que alguien me preguntaba.

 

Captura de pantalla 2015-04-14 a la(s) 11.04.16.png    Se me infectó la movida, no podía apenas tragar, me subió la fiebre y el destino quiso que a la mañana siguiente un test de Cooper se juntase con las ganas de morir. Di 7.2 vueltas a la pista de Atletismo con este tema en bucle durante 12 minutos. Corrí 3.000 metros por ahogar el dolor en un estado físico bastante deplorable y con unas sensaciones bastante parecidas a bailar seis horas sin descanso borracha como un perrete chico LO QUE CREO deja al tema en bastante buen lugar. 😉 .

Marmisaryn, 1988. J-Ax feat Paola Turci – Fuck You (Domani smetto de Articolo 31, 2002)

Mi adolescencia fue un poco jugar a vivir en la película Bar Coyote. Quería divertirme, pero también quería no tener vergüenza de ser como era y enamorarme, claro -y follar, follar mucho-. El caso es que mis gustos iban desde las Spice Girls, los Backstreet Boys o Christina Aguilera – siempre mejor que Britney para mí, porque era más vulgar- a Bomfunk MC’s o incluso temazos míticos como Flying free de Pont Aeri. Estaba dándole muy fuerte a todo para forjar esta personalidad multipolar que tengo ahora, no hay duda. El caso es que me enamoré, mucho, muy fuerte, al nivel de dejarlo todo y coger la moto de madrugada para ir a verle o incluso de hacer montajes de fotos con un programa extraño de mis fotos con mi amado. Era muy guapo. Se parecía a Josh Hartnett. Y lo hacíamos a escondidas mientras sus padres cenaban y todo muy bien. Pero me dejó. Por otra. Más delgada. Con el pelo rubio. Muy feo todo porque fue muy turbia la historia del paso de mí a ella. Entonces empecé a explorar el mundo del rap, que para mí es donde se condensa todo el odio y las tensiones no resueltas de este planeta. Y lo busqué en mi lengua materna, italiano, porque quería sentir una respuesta desde dentro, desde las vísceras. Así que me puse a escuchar Articolo 31 y como si fuese un hechizo apareció la solución a mis problemas: Fuck You. Después de unasemanaymediacasidosllorando y saltándomelasclases y dejandoelcomerparaotromomento y poniendoestadosdemessengerabsurdosparallamarlaatención logré encontrar la canción que me salvó de todo ese “sin ti no soy nada” tan Amaralesco para adentrarme en el maravilloso mundo del “que te jodan, ya vendrán otros muchos”. Especialmente inspirador para mí fue este párrafo, que traduzco:

 Mi vedi,
 sono caduto in piedi, ci credi,
 non ti cercherò
 ho tolto le foto dalle pareti e nei miei sogni segreti
 non ti vedo
 e a dormire ci riesco, esco quando mi va
 bevo, abbondanti sorsate di libertà,
 faccio assordanti risate con gli amici al bar,
 su come ero spento quando perdevo tempo, 
 stando con quella là
 sfumi nella memoria, non ti penso mai
 e ogni mentire, ogni fare soffrire
 ci insegna la storia pagherai
 e so che a ogni risveglio non ci sarai
 e so che tanto di meglio non troverai
 mai, ho due parole e una bombola spray
 fuck you per quando tornerai
 Me ves
 he caído de pie, ¿te lo crees?
 no te voy a buscar
 he quitado las fotos de las paredes y en mis sueños secretos
 ya no te veo
 y ya puedo dormir, salgo cuando me apetece
 bebo abundantes sorbos de libertad
 tengo ruidosas risas con los amigos en el bar
 sobre lo mucho que estaba apagado cuando perdía el tiempo 
 estando con esa
 te esfumas en la memoria, ya no te pienso más
 y cada mentir, cada hacer sufrir
 nos enseña la historia que pagarás
 y sé que cada vez que me despierte no estarás
 y sé que algo tan bueno no encontrarás
 nunca, tengo dos palabras y un spray
 fuck you para cuando vuelvas

La canción del despecho por excelencia. Me enseñó a ver más allá, a pensar que la tortilla siempre tiene que dar la vuelta, a saber que jamás iba a volver a pensar que mi vida iba a depender de nadie que no fuera yo misma, y POR ENCIMA DE TODO me enseñó a mandar a la mierda. Concluyo subrayando que mandar a la mierda es muy necesario, ES VITAL, es lo más importante que he aprendido en la vida.

Víctor Martín-Pozuelo, 1989. Blind Guardian – The Bard’s Song: The Forest (Somewhere Far Beyond, 1992)

Lo difícil de ser jebi, rolero, soltero y hetero con 14 años no es dejarlo atrás sino integrarlo e incorporarlo sin vergüenza a tu identidad al mismo tiempo que creces por otros derroteros. La adolescencia nos pilló entrados los 2000, cuando la mitad de los miembros de las bandas de la New Wave Of British Heavy Metal tenía más ya más años que nuestros padres. Las pelis del Señor de los Anillos hubo que verlas casi colándonos en el cine porque no teníamos edad y los warhammer los comprábamos una vez al año con el aguinaldo de la abuela (y los libros de rol, a escondidas, que era de perturbados y asesinos). El internet de los modems que iban a pedales nos abría un nuevo y educativo mundo lleno de foros, chats y ElRellano.com donde conocer a gente con nuestras mismas aficiones. Era mejor esto que los porros y el roncola con Negrita, imagino que pensaba mi madre.

Esta amalgama de referentes y fuentes de dudosa sabiduría donde la representación no hombruna brillaba por su ausencia, estupendo caldo de cultivo para criar a un montón de hijos sanos del patriarcado (como cualquier otro, en realidad), se completaba con el puñetero Power Metal en el plano musical, género conocido por sus específicas características que son, a saber: las canciones de cinco minutos como poco, los solos de guitarra a toda hostia que responden a solos de teclado cruce entre Bach y Camela, el doble bombo como cimiento inexcusable, los rugidos y agudos imposibles en las voces, el bajo que hay que sentarse con tremenda concentración para intuirlo, las portadas de discos inspiradas en San Jorge y las letras sobre matar dragones.

La bonita de Blind Guardian, excelsos representantes de este microuniverso de Casiotones y acentos europeos cantando en inglés, es The Bard’s Song – The Forest, que no tiene ni doble bombo, ni teclados chungos, ni extensión desmedida, ni gorgoritos inexplicables. Esta canción es otra cosa, una balada sobre la tradición oral y la futilidad del autor frente a su obra, salpicada de referencias al universo de Tolkien, que se usa pertinentemente por las parejitas como el momento de sublimar su cariño y comerse los morros en pleno concierto. Nunca conseguí combinar un periodo de tiempo el que compartiese mis babas con una fan de estos alemanes y un espacio donde estuviesen tocando este, su emblemático tema, así que jamás pude cumplir con la tradición no escrita de amarme eternamente durante tres minutos mientras de fondo cientos de personas coreaban “Tomorrow will take it away / the fear of today / It will be gone”.

David Martínez de la Haza, 1977. Sophie B. Hawkins – Damn I Wish I Was Your Lover (Tongues and Tails, 1992)

En 1992 empecé a apuntar muchas cosas. Empecé a apuntar casi todo, de hecho. Blocs y más blocs llenos de listas con nombres y números.

Recuerdo que la revista Fotogramas, que compraba desde dos años antes, traía un cuadernito con las películas que se emitirían por televisión durante el mes correspondiente, y yo anotaba todas esas películas para completar en lo posible filmografías que no había visto y quizás jamás vería, puesto que en casa la cinefilia era la menor de las preocupaciones.

Todo esto, explicado ahora, os puede parecer un gran LOL, cuando no directamente un trastorno conductual. Pero hablamos de 1992, faltaban aún bastantes años para que internet llegara a bibliotecas y hogares, y a mí no se me ocurría mejor forma almacenar toda la información posible relacionada con música y cine.

Con la música, como digo, pasaba algo parecido. No tenía hermanos mayores de los que heredar discos o buen gusto, así que me tuve que buscar la vida al respecto. Y con catorce años empecé a buscármela con las armas que tenía al alcance. Una radio, una libreta y un bolígrafo.

Así, en el principio fue el American Top 40 de Shadoe Stevens, cuya versión original se retransmitía entonces los sábados por la tarde en Los 40 Principales. Aquella countdown clásica que incluía los hits más radiados en las emisoras norteamericanas cambió mi vida un verano de 1992 en que decidí anotar las canciones que conformaban su lista. Recuerdo de una forma moderadamente vaga que ahí sonaron En Vogue y su adictivo My Lovin’ (You’re Never Gonna Get It), el archipopular Jump de Kris Kross, el plomizo If You Asked Me To de una entonces para mí desconocida Celine Dion y un azucarado Save The Best For Last de Vanessa Williams, que tocaba retirada tras varias semanas encabezando la lista.

Y, de repente, en un puesto que oscilaba entre el quinceavo y el décimo, Damn I Wish I Was Your Lover.

Primero el sonido de un tren y luego un teclado repitiendo dos acordes mientras la base rítmica crea un ritmo partido, todo ello en segundo término mientras Shadoe hace la presentación radiofónica del tema. Y por fin, el milagro. La voz cálida de Sophie B. Hawkins entra envolviendo todo en terciopelo: “that old dog has chained you up, alright”. Enseguida llega el estribillo, creando la más preciosa conjunción vocal que yo había escuchado. Su escala baja es perfectamente intensa. Pero, ay, su escala alta… El tono aniñado e implorante de Hawkins es capaz aquí de conducirte a ese estado donde melancolía y euforia se dan la mano. Después, el puente entra con un riff de guitarra, vientos por todos lados y Sophie B. aullando y suspirando de fondo. Finalmente, tras la estrofa más calmada (“I sat on a mountain side with peace of mind”), el estribillo entra de nuevo poderoso, gemido, con las campanas retumbando creando un espíritu crudo y épico.

Por lo que a mí respecta, Damn I Wish I Was Your Lover está y estará relacionada siempre con el estado más puro e inmaculado del amor: el sentimiento anhelado, el rechazo latente, el despecho íntimo jamás manifestado, el roce como contrato emocional, la pasión como elemento primario cercenador del espíritu. Luego descubrí que, en realidad, poco hay de platónico en la relación extrema, casi de dependencia sexual, que narra Sophie B. (con catorce años, mi conocimiento del inglés no daba para interpretar lo de “I give you something sweet each time you come inside my jungle book” como ahora lo interpreto). Pero la música, como otras formas artísticas, adquiere su verdadero sentido en la transcripción y filtrado que hacemos cada uno de nosotros. Y si para mí Damn I Wish I was Your Lover era realmente una parábola sobre un niño torpe y enamorado al que la muchacha que le gustaba no le hacía el menor caso, ni ciento veinte lingüistas me iban a convencer de lo contrario.

Varios meses después, el 28 de diciembre de aquel mismo año, en una visita a la Virgin Megastore, me hacía con el Incesticide de Nirvana y el Tongues & Tails de Sohie B. Hawkins. En cassette, por supuesto. Porque un disco tan triste y maravilloso tiene que escucharse en cassette. Ya hacía tiempo que no apuntaba los éxitos del American Top 40, y las páginas llenas de Boyz II Men y Jon Secada habían dado paso a Sonic Youth y Pavement, pero encontrar el disco que contenía mi primera canción favorita de la historia me pareció un pequeño gran triunfo vital, y de hecho aún hoy Tongues & Tails me sigue pareciendo una excelente obra, llena de acordes menores y canciones mayores.

Pronto llegaron 1993 y 1994, años cargados de canciones que forman parte inquebrantable de mi educación sentimental: New Order y Regret, Juliana Hatfield y My Sister, todo el Come On Feel de The Lemonheads… Pero mentiría si os dijera que no sigo sintiendo un escalofrío en toda la médula espinal cada vez que suena ese tren en marcha que abre ese Damn I Wish I Was Your Lover que siempre interpreté al revés, en un claro anticipo de lo que la vida me iba a deparar.

Esther Miguel Trula, 1989. Planet Funk – Chase the Sun (Non Zero Sumness, 2002)

Estamos en 2002, un nuevo milenio casi por estrenar nos hace creer que todo es posible y por eso es que cabalga una enorme ola de europeísmo que empieza en una moneda común y termina cada verano en las playas de Ibiza, cristalizando en sus clubs la euforia conciliadora del ambiente. O eso creo yo, pues lejos de contarme la terrible verdad de que la cultura rave está en total decadencia, mi primo, que es dj amateur y tiene unos technics que dan vueltas y vueltas mientras invocan acelerados samples hardcore, me hace creer, a mis 13 años, que las macrodiscotecas siguen siendo ese lugar mágico donde los vasos de tubo, las pastillas de colores y el eurotrance armonizan a las personas en un viaje común de alianzas afectivas inquebrantables. En ese lugar podré por fin ser yo misma y conectar con los otros.

Me quedan unos años para poder calzarme ajustados tops chillones e ir a estos paraísos vetados, pero hay momentos, como cuando me quedo los sábados trasnochando para poder ver MTV Dance, donde todo el tedio de la rutina del colegio se desvanece ante las canciones de Paul van Dik, de los videoclips de Chemical Brothers, de las eslavas imposibles de los videos de Tiësto. Un día de estos llega Chase the Sun, de Planet Funk, y me conquista irremediablemente. Un manicomio lleno de cuerpos sensibles, de gente que cuestiona los límites de la percepción, de bailarinas que tocan lo intangible, y ahí imbatible llega la vena house mística, de claridad vocal, hook pizzicato y absurda melodiosidad en La menor, tonalidad de la melancolía y por tanto de La Verdad, que culmina en un clímax de solo new age engolado y brillante. Italobritánicos tenían que ser. Verdadero asidero emocional para tatuar una identidad propia, Chase the Sun fue la primera canción que me descargué de Internet, en Audiogalaxy, que metería en mi mp3 de 128kbs y que escondería de todas las instituciones que a mi alrededor me vindicaban otro tipo de gustos. Al final nunca fui a ninguna rave. En realidad los sueños nunca deben cumplirse.

Iñigo Montejo, 1977. Ministry – Burning Inside (The Mind Is a Terrible Thing to Taste, 1989)

Aunque haya desarrollado cierta tendencia a acumular discos desde entonces, debo reconocer que no fui para nada un comprador precoz. En mi caso muchos ‘hits personales’ se arremolinan ya en una adolescencia tardía en la que me movía más libremente entre distintos estilos, más alejado del gusto de mis hermanos mayores.

Crecer en los 80 siendo el menor de la familia -y ahora no hablo solo de hermanos, también soy con bastante diferencia el menor de mis primos- significaba en muchos casos una infancia bien surtida de los sonidos más populares de la época. Aunque no se pueda decir que mis padres fueran demasiado aficionados a ningún tipo de sonido grabado, en el hogar familiar nunca faltaron las cassettes de heavy metal, punk y -como era norma viviendo en Euskadi- RRV en abundancia. Mi hermano mayor pinchaba a los Maiden y a Banzai en un sistema de audio bastante casero armado por él mismo, mi primo nos ponía los vídeos de KISS, WASP y Judas Priest que se grababa de Tocata. Me recuerdo a los seis años canturreando el estribillo de Lick it Up en los recreos, sobre todo si llovía y yo llevaba botas de agua, que entonces me parecían un calzado muy de tipo duro. Mis maestros en EGB fueron tanto Cicatriz, Kortatu, La Polla Records, Potato, MCD, KGB y The Exploited como Venom, Accept, Saxon o Metallica. Aunque la mayoría de las veces no me enterase de la misa la media, claro.

Cumplí los 14 en 1991, así que el grunge, el indie y el alt/ponga-su-estilo-favorito-aquí fueron en mi caso, más que un soplo, un vendaval de aire fresco. Pero si tengo que escoger un verdadero game-changer, un alejamiento más o menos drástico de lo que hasta entonces se había escuchado en casa toda la vida, lo sitúo en tres cassettes muy concretas que mis hermanos consiguieron en los albores del cambio de década y que de alguna manera marcarían el inicio de tres caminos distintos por los que transitaría hasta bien entrada la veintena: el primer disco de Negu Gorriak, una TDK D90 con los dos primeros de los Pixies (Surfer Rosa por la cara A y Doolittle por la B) y la que nos ocupa, The Mind is a Terrible Thing to Taste de Ministry.

Esa cinta sonó una y otra vez mientras yo fingía que estudiaba para las numerosas asignaturas que debía recuperar en septiembre de un glorioso 7º de EGB. Sonó en casa y me la llevé al pueblo en agosto para seguir machacándola en nuestro primer radiocassette ‘de una pieza’ siempre que no estuviera mi madre delante para abroncarme. Creo que el segundo corte, Burning Inside, era el que más me impresionaba de todo el disco, aunque siempre lo pusiera entero de principio a fin. Los sintetizadores, la atmósfera recargada, el eco y la distorsión continuos y ese beat amontonado eran cosas que no había oído nunca antes.

Más adelante compré religiosamente todos los cedés de Ministry desde Twitch hasta The Dark Side of the Spoon -lo que vino después, por lo general, ya me ha dado bastante pereza-, además de todos los que pude encontrar en aquella era pre-Amazon de Lard, Revolting Cocks y 1000 Homo DJs.

Contra el pronóstico de mis propios padres, que intentaron incluso que repitiera curso sin ninguna necesidad de hacerlo, aprobé todas las asignaturas pendientes. Puede que Al Jourgensen tuviera algo que ver en eso.

Víctor Navarro, 1989. Eminem – Business (The Eminem Show, 2003)

Nunca he sido conflictivo. Jamás me he metido en líos. Estuve años peinándome a raya y vistiéndome con la ropa que me elegía mi madre. Respeté durante años la prohibición tajante de ver Dragon Ball y, en mi cabeza, el Final Fantasy VIII y su asesino de la katana eran poco menos que Satán. Cuando era crío me costaba llevar la contraria, así que empezar a fliparlo con Eminem fue algo así como mi primera gran transgresión. Mis padres lo odiaban y a mí me estimulaba como nada que hubiera escuchado antes. Entre 2002 y 2004, The Eminem Show en 2002 y la película 8 Millas me llenaron la cabeza de ideas desinformadas y completamente erróneas sobre el significado del hip-hop y me colocaron los pantalones por debajo de las nalgas. No me convertí en un raperillo de barrio, ni nada por el estilo. Mi ficha policial sigue limpia. Pero aquellos Without Me, Cleanin’ out my closet y White America me regalaron la sensación de haber cogido por primera vez las riendas de mi vida. Poca broma.

Durante un tiempo acompañé a Eminem con raciones generosas de 50 cent, Snoop Dogg, D-12 o Jay-Z, pero en seguida empecé a pillarme por Linkin Park. Y Linkin Park me arrastró a otros géneros, otros grupos y a otras inquietudes que no vienen a cuento ahora. Hace unos días paré el To Pimp A Butterfly de Kendrick Lamar y le casqué al The Eminem Show por primera vez en años. Mentiría si dijera que me reventó la cabeza como cuando tenía trece o catorce años, pero tampoco me importa reconocer que rescaté este Business con muchísimo gusto.

Pinjed, 1983.  The Connells – ‘74-’75 (Ring, 1993)

Creo que la escuché por primera vez en aquel programa de Antena 3 titulado MTV Coca-Cola European Top Twenty, un ranking semanal de los de toda la vida que se reivindicaba como uno de los primeros coqueteos de la televisión española con la gigantesca cadena de los videoclips. A pesar de su rimbombante título sin mucho sentido, la mayoría de lo que desfilaba por aquella sobremesa juvenil venía del otro lado del charco: recuerdo programas con The Offspring, Michael Jackson, Cypress Hill o aquella pesadilla con acento jamaicano llamada Mr. Bombastic de Shaggy, pero la que más recuerdo de esos días es ‘74-’75 de The Connells.

Por lo visto llevaban ya más de diez años ganándose la vida con esto de la música, y aunque yo no les conocía de nada su canción más popular se me clavó en las tripas de una forma un tanto extraña en la primera escucha. Recuerdo que era un domingo particularmente gris y plomizo, que mis padres habían discutido mientras preparaban los enseres para un día en la piscina (lo que, combinado con unos nubarrones súbitos hicieron saltar por los aires el plan) y que la mañana siguiente me esperaba el primer día de clase tras las vacaciones de verano. Los astros se habían alineado para hacerme pasar un domingo depresivo como pocos y ‘74-’75 puso la puntilla. Con doce años ya tenía mi Gloomy Sunday particular.

Sin embargo aquella canción me abrió las puertas a todo un mundo que desconocía y en el que me revolqué durante gran parte de la adolescencia que casi podría dar por inaugurada aquella tarde: el de la bajona musical. Poco tardarían en llegar Radiohead, Massive Attack, Portishead o Counting Crows, que no tenían nada que ver con la balada de toques celtas de The Connells salvo esa pulsión melancólica, para cantarme los coros de una juventud acneica y ojerosa en la que rocé peligrosamente lo emo y tuve coqueteos inconfesables con el lado más autocompasivo y alcohólico del country.

Después de la tristeza vendría la rabia, como en una versión de Too Fast Too Furious extendida a lo largo cinco o seis años, y Rage Against the Machine, Sepultura o Unsane me correrían a gorrazos hasta entrar en la siguiente fase de la adolescencia, ese estallido violento y rebelde en el que uno se cree más listo que nadie y odia a todo el mundo. Y ahora que lo pienso, una década y pico después quizá todavía sigo un poco allí.

José Sanz Gallego, 1983. Candy Girls- Fee Fi Fo Fum (Now 32, 1995)

Dice Flamenca Stone que escriba algo sobre la música que me cogió en volandas de adolescente para no soltarme jamás y allá que voy. Sin nostalgia de mierda porque de lo que voy a hablar no se remonta a una época específica de mi vida -ya que es algo a lo que vuelvo si no a diario poco le falta- ni a un momento especialmente relevante o catárquico ni nada por el estilo. Es decir, recuerdo muy bien que el día que pillé el Now 32 fue en el Discoplay del centro comercial La Vaguada cuando fui con unos amigos del colegio a ver Seven, pero ni perdí la virginidad ni desembarqué en Normandía ni conseguí apagar las luces esa noche por el puto Fincher y el sustaco del pecado de la pereza, que casi me deja un mechón post-traumático a lo Maradona. Una tarde que la recuerdas por y a través del disco que te pillaste en vez de al revés invierte los patrones de las fulas selectivas de la nostalgia.

Yo tenía doce años para trece y no sabía por entonces que los recopilatorios Now eran una institución en el Reino Unido pre Internet. Grosso modo consistían en tres ejemplares anuales elaborados a mitas entre EMI, Virgin y Polygram bajo la forma de un doble CD que reunía todos los hits de radiofórmula UK que sonaban o que sonarían en el momento de ser publicados. Luego en España Vale Music los fusilaría para hacer sus Ahora XY y antes en su país de origen -sin haber indagado nada en su historia- me figuro que serían bastante populares, pues los Housemartins y varias bandas más a la hora de hacer cualquier recopilatorio de lo suyo tiraban de mención al Now Thats What I Call Music, que ese era el nombre completo –a falta del correspondiente número que tocase- del artefacto. Un nombre que con lo que enuncia, quienes lo editaban y la periodicidad con la que salía es ya en sí mismo un breve ensayo sobre el pop y un análisis acerca de los tempos y vigencias que se prefabricaban en aquello de la Obsolescencia Radiofónica Programada que mejor hacerse con tres referencias consecutivas para formarse unas conclusiones sobre el asunto en la última década de aquello que fue la industria musical pre-internet antes que comprarse cualquier necio ensayo, que ni siquiera trae canciones. Y si de algo iban bien sobrados los Now eran de maravillas, pues luego los fui adquiriendo religiosamente sin saber qué bandas eran aquellas que figuraban en sus créditos –acostumbraban a ir 4 meses adelantados a la difusión en radio española- para flipar con nuevos nombres de la relevancia de Aqua, All Saints, Vengaboys, Gala, Spice Girls y demás, formaciones a las que admiro sin reservas.

El caso es que yo había oído en la radio una canción de Sheryl Crow que me molaba mucho e iba con la intención de comprarme un disco que la tuviese. Un recopilatorio, que era junto a las bandas sonoras la mejor forma de amortizar el ahorrar para un CD, los discos largos eran una puta mierda, te gustaban dos canciones –con suerte- y ya. Y no lo tenían. Lo que sí el Now 32, un misterio porque nunca había visto un recopilatorio de dos cedeses. Traía el Gangsta Paradise de Coolio y el Try Me Out de Corona, las dos únicas –entre un total de 40- que conocía. Conocía y amaba, ojo, que vaya dos temazos. Imagino que no sería muy caro porque siendo yo bastante cagado con no sacar rédito de mi dinero y con tan parco ratio canciones conocidas barra canciones que me podrían parecer una puta mierda opté por comprar el disco. Y es la mejor decisión que he tomado en la vida. Ahí estaba el Missing de EBTG en la remezcla de Todd Terry. Ahí salían unos tales Blur con el Country House y unos pascuales Pulp con el Sorted For E´s And Wizz. Ahí venía una remezcla de Red Jerry al Dont You Want Me Baby de The Human League y otra de Faithless al I Feel Love de Donna Summer. Había una cosa que se llamaba Higher State Of Conciusness de un pelos llamado Josh Wink que tardó todo un año en molarme y ahora eso, es ver una Roland 303 y santiguarme. Que dios me perdone pero ahí también venía el Fairground de Simply Red, que hizo que me comprara el disco del puto zanahorio y ay qué hostia que le atizaba mi madre del noventa y seis por haberme dado dinero para hacerlo. Y ahí venía, sobre todo, el Wrap Me Up de Alex Party -cumbre de cuando el eurodance italiano se sofisticó a niveles que marcan el pop de masas de hoy día- y el puto Fee Fi Fo Fum de Candy Girls.

Estaba al final del segundo cedé. Los Now los secuenciaban de manera que primero el pop de guitarra y a partir de la mitad de cada cedé toda la electrónica, sin importar que fuese drum and bass, trance, house, big beat o cualquier aberración two step, así estaba la cosa de bien –dicho esto sin sarcasmo, lo considero maravilloso- en la radiofórmula británica noventas-cuasi dosmiles. Eso era algo que no había oído jamás. Es decir, sí que había oído esos sintes en una canción que ponía mi hermana en las cintas que le pasaban del RKO, en el Dont You Want Me de Felix, pero no tan a lo en la cara, a lo put llor jens oup in di er, a lo que viene siendo que te suba todo el eme sin saber ni qué coño es la droga. Una base tal que esa sí que no la había escuchado jamás, con tantos cambios, tanto efecto balón botando, tantos minisubidones de cien mil bpms a todo momento. Y el travesti, que de aquellas ni idea de que existían semejantes cosas, decía bumshacalaca bum bum bum no se qué, que me daba mucha risa y misterio a la vez. Ellos eran Paul Masterson, genio asaltacharts al que luego –y sin saberlo de primeras- seguiría admirando gracias a sus remixes y producciones bajo el nombre de Yomanda y otros, y Rachel Auburn, auténtica pionera junto a Tony De Vit del hard dance gay británico y figura femenina esencial -aunque nunca reconocida- en el mundo de la música, porque ya se sabe que mola más hablar de Kathleen Hanna y las putas Bikini Kill que de una productora y pinchadiscos espectacular en todo en lo que se inmiscuía. Lo pongo ahora y me da ganas de bailar. Aquella primera vez que lo puse igual. Las innumerables ocasiones entre medias que lo he puesto igual. Yo qué sé. De Nick Drake no puedes decir eso. De los Smiths tampoco. En ciertos intervalos vitales me han molado y ahora me dan vergüenza ajena cuando no dentera. Ergo si algo te hace bailar es bueno, aunque sea un hombre disparándote a los pieses.

Salvo por Radiohead, que también venían en el Now 32, este recopilatorio es el disco más importante de mi vida. Todo me sigue gustando al mismo nivel que el primer día, y lo de las Candy Girls no me cansaré de decir que, ahora, 20 años después de lanzado y con PC Music haciendo lo mismo con muy leves matices, creo que es una auténtica barbaridad.

John Tones, 1976. Love and Rockets – So alive (Love and Rockets, 1989)

Podremos hacer una pequeña y completamente inválida estadística con las aportaciones de mis compañeros a esta inquisición  flamenca, pero allá va lo mío: I regret nothing. No es ya que esté mayorcico para andar retractándome de mis pecados de antaño, es que he llegado a la conclusión de que todo aporta. No siempre en positivo, claro, que vivir es sufrir, pero rastreando y conociendo la sopaboba del pasado podemos sin duda analizar los pecados del presente. Pero sin llantos. Al autoconocimiento y el zen se viene llorado de casa.

Cuando Esther me propuso que hablara de una de “esas canciones que nos pegaron muy duro de adolescentes”, So alive de Love and Rockets me vino de inmediato a la cabeza. La descubrí como se descubría todo entonces, de casualidad en los 40 Principales a deshoras, como The only living boy in New Cross de Carter USM, The king of rock’n roll de Prefab Sprout o Tipi dulce tipi, mi primer Siniestro Total. De So alive me hipnotizó su ritmo pegajoso y arrastrado, la caja sonando como si el batería estuviera enterrado hasta las cejas en un bancal de la Murcia que ya entonces me ponía de mal humor, ese bombo que es el palpitar mismo de los ochenta, los teclados que ululan al ritmo de las piernas femeninas que plagiaban en el videoclip -como todo por aquel entonces y en una década a la redonda- el Addicted to love de Robert Palmer, la voz de Daniel Ash que hacía que este experimento post-Bauhaus se distanciara definitivamente de las tinieblas y que quizás explica por qué yo no fui nunca ni siniestro ni post-gótico ni nada que se le pareciera remotamente. Esas Navidades me cayó el vinilo de Love and Rockets. Aún hoy sigue exhibiendo una de mis portadas favoritas y uno de los pocos discos que me puedo zampar de principio a fin sin respirar, experimentos ambientales de tercera incluidos.

Hace unos meses vi la estupenda The Guest, en la que la adolescente protagonista, mi ídola Maika Monroe, escucha unas cancionzacas que pa qué en un infructuoso intento de calmar los furores que la tienen en un continuo transpirar hormonal. Una de ellas es Haunted when the minutes drag de Love and Rockets, presente en otro disco imprescindible, Seventh dream of teenage heaven y ahí, con la batería medio sintetizada, la atmósfera de desamor pop, se me confirmó cuánto le debía yo al grupo que vino después de Bauhaus. Igual por eso, cuando Esther me envió su propuesta, Love and Rockets fue lo primero que se me ocurrió: porque sin haber sido yo ni siniestro ni post-gótico ni nada que se le pareciera remotamente, ya te digo, masajeada por los recuerdos de una adolescencia un poco meh hasta una vulgaridad del calibre de “Don’t know what color your eyes are, baby, but your hair is long and brown” adquiere un sentido especial.

Pedro Toro, 1984. Def Con Dos – Mi reino por un poco de caballo / Poco pan y pésimo circo (Alzheimer, 1995)

Estamos en contra de los pijos de los chalés del barrio porque no nos invitan a sus piscinas en verano y preferimos las pelis gore del Blockbuster antes que ver Farmacia de Guardia en el sofá con nuestros padres. Hasta ahí todo bien. Hasta la segunda estrofa no empiezan los problemas.

La cinta que me graba Rubén durante el verano del curso 95/96 es una TDK de 60 con el Smash de Offspring por una cara y Reincidentes, Nirvana y Def Con Dos por la otra. Mi primer contacto con la música que no sale por Los 40 entra como un bofetón. Cantar contra toreros y el Papa lo entiendo, pero… ¿Rajar cuadros? ¿Quemar decanos? ¿Repartir jeringuillas dónde? Sus fans se agrupan en comandos que suenan a ETA mientras afirman que los pedos son más efectivos que los coches-bomba. Hablan de un Rey que busca desesperadamente intercambiar sus privilegios por heroína, entre veladas referencias al Ricardo III de Shakespeare que tardaré años en entender. Más tarde también, llegaré sus videohistorias, sus manifiestos punk-dadá  y a aquella infructuosa excursión pueblerina con mi amigo Jesús en busca del mítico Legado Social de Malasaña (muy parecida por cierto al corto que dirigió el propio Strawberry)

Pero ese día tengo 12 años y bajo el volumen del radiocassette porque me da palo que mis padres, por muy progres que sean, oigan esas letras que dicen que todo es mentira. Bajo el volumen porque, igual que cuando miro a escondidas los Víboras y Makokis de mi tío, no lo entiendo del todo. Porque sé que me estoy colando donde no me llaman, y me gusta y también me da miedo. Porque el punk, como todo lo bueno, implica peligro.

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One Comment

  1. […] Directamente inspirado por el post colaborativo de Flamenca Stone Personal Teenage Hit. […]

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