San Sebastián 2014

octubre 5, 2014

Ha sido, dicen, un Zinemaldia emocionante. Con una calidad del conjunto de obras presentadas muy superior a años anteriores. Con un buen puñado de grandes aciertos y no demasiados fracasos estrepitosos. Y mientras en las salas de la ciudad de San Sebastián se pasaban los títulos, el clima donostiarra nos aportaba una temperatura ideal para darle fin a la temporada estival, con unos cielos no demasiado oscuros para lo que nos tiene acostumbrado el norte, invitándonos a retratar el anómalo ambiente y a pedirle más pintxos y menos visionados a las jornadas. Pero si algo ha caracterizado (al menos para mi) este festival, es la ausencia de una unidad. Lo visto y vivido ha sido como un cúmulo de experiencias imposibles de articular de una manera robusta, una coyuntura donde las filiaciones de cada uno cobran demasiada importancia a la hora de decidir eso de si una película cae en el espectro de lo bueno o de lo malo, dejando en verdad demasiado espacio para las experiencias intermedias, para la elección subjetiva de cada uno. Por nuestra parte, ya sabéis que estuvimos en la pasada edición de Cannes, así que en los siguientes links las críticas a The Tribe, Mommy y Winter Sleep. También sabéis de qué pie(s) cojeamos, pero como estamos forzados a crear una consistencia nos apoyaremos en un viejo truco y expondremos nuestros visionados en forma de dípticos, de doblaciones cinematográficas o combinaciones de temas compartidos y diferenciados al tiempo entre sí. Dicotomías por respuesta para un mundo demasiado complicado. Y allá vamos:

Nuevos directores en busca del conflicto

Vincent N’a Pas D’écailles

Vincent (no tiene escamas) es una encantadora propuesta con grandes virtudes por señalar. Elecciones acertadas, como el de una banda rítmica que se centra en la dosificación de la verbalización, casi escasa, mientras la acción se transmite mediante los cuerpos (y la luminosidad natural y radiante, siempre presente y sustancia elemental dentro del filme). Para ello será muy importante el personaje femenino (increíble Vimala Pons) que trabaja la oda de una diva de la libertad corporal y también como eje liberador de la contención absoluta con el exterior de nuestro protagonista. A ella le cuenta Vincent su secreto y losa de convivencia diaria problemática para así hacer avanzar la historia y también dar respuesta al otro acierto del filme: el de retratar el tema sobrehumano desde la elección de la inacción, desde quién prefiere no cambiar del mundo (lo fundacional del superhombre vira en lo otro super-heróico) como aquel con altas cuotas de plusvalía… y que decide no explotarlo en pos de un beneficio ajeno y vivir sólo para el disfrute personal y el tiempo libre. Vincent tiene superfuerza, trabaja en la construcción y no mueve más de dos o tres sacos de cemento al día, que termina siempre con él danzando en el agua mientras observa a la naturaleza fluir. La purificación vino después, en una catarsis vía persecución policíaca en el más clásico “individuo contra el sistema” y que, por duración, retrato de los territorios físicos y mentales y mirada fílmica de la misma, descubrimos en Thomas Salvador un talento larvado para rodar lo trepidante. Desde luego, no sería yo quien lamentase una saga a lo Bourne con este protagonista y universo.

Name Me

Con el tema catárquico también pero con unos resultados, a mi modo de ver, fallidos, es lo que intentó la nueva directora Nigina Sayfullaev en Name Me. Dos alocadas amigas moscovitas que buscan explorar diferentes experiencias paterno-filiales en busca del padre biológico de una de ellas, y que se servirán de una mascarada identitaria para jugar con su relación de a tres y, todos ellos, hacerse adultos. Aunque más cuota de importancia en la película, por la imagen expuesta, cobra aún la relación de las mismas con sus propios y exultantes cuerpos perfectos en mitad de una adolescencia que les mortifica, cosa que hasta cierto punto y pese a esa enervante dirección rutinaria es más interesante en este tema que en el resto del relato, el centrado en la ausencia paterna aparece mal hilachado y peor resuelto, pese a ser evidentemente un guión labrado desde la elegancia y la sutileza. El problema no son las jóvenes hiperafectadas con aires de drama queens o el no-padre no-autoritario arquetípico de estas ficciones, sino la poca gracia con la que se conjugan estos valores y se nos da, en el fondo, algo demasiado evidente y yermo.

Signo y síntoma

A Second Chance

Hay equívocos que producen realidades más ricas e interesantes que el mundo que habitamos, y esa ha sido mi experiencia al enfrentarme a A Second Chance, la última película de Susanne Bier. Sin tener en mente la anterior obra de la directora (En un mundo mejor, Amor es todo lo que necesitas), el material que se presenta en este drama es tan explosivo, rocambolesco e hiperbólico, de hermoso ritmo acelerado y dirección que potencia las emociones que consigue, si no deconstruir, sí al menos refundar el estilo folletinesco, en lo que para la que esto escribe sería un giro muy necesario de la ficción dramática contemporánea y una forma de dignificar la cuestión telefílmica. Pero todo esto es falso. Esta idea, al descubrir la autoría, se descubre en realidad totalmente accidental y fraudulenta. Bier ha dado en esta tecla sin querer o no ha dado en ella en absoluto. Pero al menos un hecho se nos aparece como dulce bálsamo, como salvación argumental que redime toda esta contingencia: no conozco absolutamente a nadie que se haya aburrido viendo la cinta.

En uno de los tantos puntos hilarantes de lo que yo creía en un primer momento era una negrísima comedia voluntaria uno de los personajes, al desvelar lo ocurrido, le dice a otro: “debería haberlo adivinado antes, pero me parecía demasiado descabellado como para que fuese cierto”. Y es que la historia, que podríamos considerar el dislate de ensueño del cine de sobremesa o la sinopsis de película de Antena 3 destinada a dominarlos a todos… no es autoparódica, pero sí parece bordear constantemente esta posibilidad, haciendo asomar la pata del morbo más injustificado por debajo de la puerta del entretenimiento que mira al requerimiento desfogador del público mayoritario, de lo patológico subyacente en la sociedad que se disfraza con capas de moralidad, sin querer soltar del todo el asidero de lo lícito. ¿Qué sucede en la mente de un danés? ¿Creen ellos que este es un simple melodrama? ¿Dónde están las crónicas de El Caso cuando se las necesitan? Las preguntas no se clarifican a lo largo del metraje pero hay algo sublime en el sentido freudiano en que a los tres minutos de película veamos abrirse unas puertas de un armario de un piso de yonkis y nos encontremos a un bebé de un par de meses cubierto hasta la boca de heces. Hay algo muy potente en ser conscientes de que esto ha podido ocurrir en el mundo real. Hay algo aún mejor  al ver las reacciones de pánico moral de una clase media, personajes y espectadores del filme, horrorizada por el chavismo retratado en esta narración y que se ve respondida con desaprobación por el demiurgo Bier que en un ejercicio de justicia social confiere a los privilegiados lo que constituye toda una simbólica patada en la cara. La película, en este sentido, no hace más que crecer.

Por si no ha quedado claro, A Second Chance es, dentro de esta lógica de folletín revisitado, un trabajo sólido, bien templado y equilibrado a partes iguales entre sus grados de sutileza y de comedia. Un placer y uno nuevo. Pero en cualquier otra lectura, en las más plausibles, un descalabro apoteósico y bochornoso que nos hará cuestionarnos si la tragedia de esta historia no es realmente que haya a quien esto le emocione de una manera sincera. Por cierto, leo que la directora pidió a los presentes  de la rueda de prensa del festival que no dieran ninguna información sobre el argumento para no arruinar el impacto que provoca la película. Así que to apuesto por una confirmación de mi teoría. Para mí, la directora que trolleó a los Oscars, a Lars Von Trier y al mundo entero. Y gracias por lo turbio.

Im Keller

Y en las antípodas formales (que no temáticas) de la propuesta de Susanne Bier nos encontramos con Im Keller (In the Basement), lo nuevo de Ulrich Seidl. Este pretendido documental que retrata lo sólido y lo líquido que subyace en los sótanos de los vecinos austríacos nos hace comprender que no por anda estos espacios del subsuelo del hogar son el lugar ideal para que se de rienda suelta a lo más anómalo y desesperado (anhelos y patologías beligerantes como eje central) que triunfan sobre el individuo en sociedad para darnos, al final, un retrato más certero de lo que es en realidad el ser humano. Un sótano es un lugar donde los muebles cogen polvo, las tuberías están a cara vista y los techos son tan bajos que apenas hay aire por encima de tu cabeza, y Seidl parece postular que en este asfixiante ambiente todo lo que se genere será necesariamente más verdadero.

Seidl no puede disfrazar más su combativa misantropía, que se manifiesta aquí hostigándonos en exceso con esa saña con la que carga contra los desequilibrados (y muy peligrosos) personajes que pueblan esta conservadora y apolillada nación y que también nos hablan de forma manera universal puesto que quién más quién menos acaba conociendo a alguna criatura así en su ambiente vital (lo cierto es que después de su visionado dan ganas de reivindicar mucho más Callejeros). Pero Im Keller también es una obra que termina perjudicando el buen juicio que pudiésemos aún retener con respecto a la fiabilidad de la mirada de su director. El problema no es la austeridad formal del mockumentary (quiero pensar que lo es) sobre el que se asienta su obsceno guiñol subterráneo, sino lo cuestionable de la elección de los temas (el nazismo, sí, pero también el BDSM o la desviación maternal) sobre los que hacer leña para, en teoría, criticar los diferentes tipos de corrupción que se esconden bajo ese monstruo ideológico que ordena la mentalidad en un país. Poco más que una provocación gratuita, unas risas culpables y un divertimento que como esperpento es de todo menos sutil. Eso sí, que deba serlo o no, ya cosa del espectador.

La cuestión patria

Todo el cine español de esta cosecha del Zinemaldia ha sido político. Todas las candidatas (tal vez menos Loreak), cada una con sus propios códigos y géneros, derivaban de esta coyuntura económica y política mirando muy de cerca las cicatrices nacionales de una sombra franquista que aún se cierne en nuestra memoria colectiva, pero las más satisfactorias, al menos para mí, han sido las que más que hacerlo relato central lo miraban haciéndolo latente en su historia, sin materializarlo del todo en ningún momento. Así que para mi los dos aciertos han sido La Isla Mínima y Magical Girl.

La Isla Mínima

Sin extendernos más de lo necesario, confirmamos otro tanto a la ola de júbilo por lo nuevo de Alberto Rodríguez. Al mal se llega por razones muy determinadas, y estas se nos descubren por los actos de (progresiva) corrupción y por esconderse tras los bigotes preconstitucionales (o eso parece opinar el creador de Grupo 7) y que aquí despliega hasta el final en un alarde visual del thriller canónico y, también, que anhela exportarse cayendo en recursos complacientes que podremos perdonarle porque, a fin de cuentas, desde las tomas de pájaros al vuelo (ese Memories of Murder), la simetría horizontal de la planicie yerma e infinita (cuánto daño ha hecho la reciente emisión de True Detective para esta película) y, sobre todo, esos planos cenitales de las marismas el Guadalquivir, con su encanto y extrañeza visual, no son algo que tengamos que reprochar.

Piel de toro neurotizada y castellanidad agotada, Maelstrom cañí que se remueve peligrosamente por su alejamiento de lo medieval y el acercamiento democrático que, para curar esta bipolaridad y decantarse por el lado correcto de la civilización necesita de agentes como Juan (Raúl Arévalo), justicieros que resuelvan lo antes posible qué hacer con todos esos cadáveres que han brotado tras Franco y a los que vemos pasear preocupados por carcomidas ferias de la España profunda, esas donde los machos, escopeta en mano, beben y fuman hasta el coma etílico, la música está demasiado alta y se masca la tragedia. Transición española, en suma, en todas sus vertientes y asociaciones. Ya se ha hablado de las cualidades, también de los defectos, esas trampas de guión, que donde más duele es en ese procedimental nefastamente hilado y ciertos momentos sobreactuados. Pequeños peros en comparación con el resultado final de la película, tan disfrutable como reivindicable, más gracias a esos ciertos asombros novedosos como los personajes interpretados por Jesús Castro y Manolo Solo que se comen la pantalla (y piden a gritos cintas propias), la muerte por veinte puñaladas como posible nuevo icono del cine criminal español y, sobre todo, un final que duele y sangra en esta España nuestra.

Magical Girl

Es de una honestidad que le honra como creador a Carlos Vermut cuando, en el preludio de Magical Girl, ya nos va avisando con la voz en off de José Sacristán de que en la vida muchas cosas pueden ser cuestionables pero al final, dos más dos siempre son cuatro. Dos profesores de secundaria, uno que impartía matemáticas en una España recién entrada en la democracia y otro, de literatura, que se topa con un despido derivado de los costes de la crisis actual. Uno que descubre que puede ser capaz de superar momentos pasados de sadismo criminal, por el que la justicia ya se cobró su pena, y otro que mantiene un trauma de distancia con respecto a su hija a quien dice querer mucho y a nosotros nos parece que, más bien, no. Y mientras tanto, lo femenino (los personajes femeninos dan para otro capítulo aparte) y lo masculino, la enfermedad en todas sus edificaciones, el contraste cultural y las múltiples facetas del misterio se aparecen eclosionando en un clímax resolutivo difícil de olvidar, y más importante aún, una trama difícil de descifrar, por la ocultación de la información tanto de los personajes como de la propia trama (saber callar es también una cosa muy española) que mantiene nuestro interés en todo momento pero, volviendo a lo que el mismo director nos recordaba al principio, que dos más dos, al final del día, siempre son cuatro.

Magical Girl es una obra que nos transporta al escenario Vermut con prestancia (decadencia estética nacional, incomprensión, excepción cultural tanto en lo friki como en lo castizo), que consigue introducirnos en un juego mental sobre el que alambicados elementos simbólicos (unos estudios culturales que se empachan aquí a cantidad de materias sugeridas por minuto) están en lucha en cada escena, en cada gesto, en todas y cada una de las muy estudiadas réplicas que los protagonistas se espetan los unos a los otros (curiosísimos todos) para lograr esa dominación sobre el otro que constantemente parecen buscar. Una exigente invasión intelectual y de los sentidos como es, se supone, ese eje central temático sobre el que gira la obra, la tensión entre razón y pasión española con lo flamenco y La Niña de Fuego de Manolo Caracol por bandera. Pero el globo y la trascendencia se nos va desinflando progresivamente después de ver Magical Girl. Es evidente que a Vermut le ha crecido el talento como director y que ha conseguido que se nos empequeñezca Diamond Flash como propuesta (aunque aquella fue, claro, más fresca) gracias a una superación de sus limitaciones, como lo eran allí su dirección artística y de actores. Pero hay una diferencia entre sembrar pistas falsas y falsos plot points y no unir las piezas de la prestidigitación que propones en absoluto (“¿Por qué no me lo enseñas?” “porque no lo tengo”, como se dirían dos personales abriendo y cerrando los ciclos). Está claro que Magical Girl, pese a su enrarecida y única visión, no es una película definitiva, que hace falta más fuego, pero lo que nos ha confirmado esta obra es que, evidentemente, Vermut terminará produciéndola. Y eso ya es en sí algo muy importante.

Sustancia de vida

Cuando hace un mes llegó el seísmo Boyhood algunos críticos se hincharon a condecorar aquella mirada a lo que se suponía era la historia de la formación de un individuo. De los pasos vitales de lo que hace que terminemos siendo los que somos. De identidad y humanidad, el tema más grande e imposible que puede haber ya no en cine sino en cualquier ámbito artístico, supuestamente retratado de una forma diferente pero de similar trascendencia que lo que consiguió Truffaut con la vida de Antoine Doinel en Los 400 golpes. Y a mí, que no me llegó la película de Linklater y pensaba que había perdido la capacidad para implicarme afectivamente con una historia, me ha venido de maravilla toparme con estas dos películas, las que son para mí las dos triunfadoras de lo visto en el festival.

Bande de Filles

Hay un momento del primer tercio de esta historia en el que la cámara enfoca de frente y en exclusiva al rostro de la protagonista de Bande de Filles. Es un plano vacío de cualquier otro recurso visual en lo que parece un despacho del colegio (un espacio institucional), donde oímos a la profesora o directora del centro dándole a la chica la devastadora noticia de que sus superiores han decidido que no es lo suficientemente válida como para seguir estudiando, que tendrá que hacer alguna FP. “No te preocupes, a día de hoy tienen muy buenas salidas laborales”, dice la voz diegética, mientras ella insiste que repetirá por tercera vez para poder acceder al bachiller, seguir estudiando, cumplir su sueño. “No puedes”, dice la esfera del poder, que no admite réplica a lo que será el futuro de esta chica, y por cómo se recoge este plano es como si nos lo estuviesen diciendo a nosotros. Y la desolación se introduce en nuestra mente, frustrada y rabiosa ante la impotencia.

Realmente no sabemos cómo, pero esta joven ha salido espabilada para tener quince años y no haber recibido una educación demasiado formada en lo político. O puede que este pensamiento, más bien, sea sólo un prejuicio que se forma en tu mente. Puede que en su casa sí la hayan educado como sujeto que se articula desde el control de sus propia vida frente al sistema (el protagonista eludido del filme) pero en vez de hacerlo a golpe de libros y conceptos teóricos lo ha empollado de una forma fluida y cambiante, desde las reglas de lo concreto, pero con unas respuestas por su parte siempre precisas, irrebatibles, a lo que está ocurriendo y que, clarísimo queda, le ocurre por una opresión que existe y es real y de la que no tiene maldita culpa. Exactamente igual que hace la cámara al recoger todas las disputas de la realidad frente a lo que esta radiante Damien Chapelles habrá de enfrentarse para poder sobrevivir con su orgullo lo menos deteriorado posible. Así somos testigos de la amistad en clave gang (la colectividad es la mejor defensa) de un grupo de chicas mucho más interesantes que cualquiera de nosotros, bailando la ya famosa escena de Diamonds con una luz azul eléctrica con vestidos de noche del Stradivarius robados y la habitación del hotel pagada con el dinero del bocadillo de las niñas aún “dormidas” del colegio (también ahí la rabiosa necesidad de formar parte de algo más grande). Bailan en una habitación del hotel, en un plano muy cerrado, en un espacio privado porque no pueden ir al público, y duele como también lo hace ver más adelante a la madre poniéndole el uniforme de camarera de pisos a su hija. Sí, en Bande de Filles hay brutalidad, pero aunque veamos pinchos, peleas de mujeres grabadas con el móvil o a jóvenes quinceañeros como enlaces de droga para blancos elitistas el impacto es mucho mayor en las sutilidades del día a día de la opresión sistémica.

Estas son sólo algunas de las decenas de imágenes que juegan con los símbolos de poder de Bande de Filles (será Girlhood en su versión inglesa), lo nuevo de la creadora de Cèline Sciamma, conocida por su anterior obra, Tomboy, que también trataba sobre sujetos que combaten por defender su identidad pero vinculado entonces a las expectativas de género y aquí, además de lo anterior, también de raza. Tenemos, eso sí, un salto cualitativo tal vez no tanto en lo narrativo y en la puesta en escena pero seguro en el énfasis emocional que la misma nos imparte por ser este perfecto decálogo-exploración de la violencia estructural (escena por escena, plano por plano subrayando en un tándem cinematografía y símbolo esta simbiosis), de los estigmas propiciados por el clasismo, que en dos horas trasmite muchísimo mejor que cientos de manuales académicos y también una evolución y profundidad de personaje, en estos dos años fundamentales en la vida de esta joven, mayor que el relato citado al principio de este epígrafe. Ah, y también nos llevamos a casa una defensa (funciona por su capacidad de empatía) del gesto de emplear el móvil-altavoz para el grupito que va en el transporte público que nos hará abandonar de una vez por todas esa típico desprecio borreguil que a muchos, diría a casi todos, nos ha invadido más de una vez.

Eden

Es cuestión de ensanchar el Edén

Lo millennial empezó en el 93

Lo millennial nunca ocurrió realmente

“Las cualidades de esta música que amo y que cambió mi vida: ¿están ahí o son atribución mía? ¿Son objetivas o subjetivas?” Esta es la pregunta que nunca se hace Paul, el protagonista de Eden, pero por extensión tampoco ninguno de los personajes que habitan las ficciones de Mia Hansen-Løve. Ficciones, en verdad, sobre esa gente dulce que se deja devenir flotando en la burbuja de su espacio/tiempo, o también ficciones que se plantean como instancias de una reivindicación voluntaria de la desinformación emocional, laboral, vital. Y así mientras Hansen-Løve marca esa biopolítica propia no tanto de una generación (no todo el mundo está en contra del mensaje espiritual emanado de las instituciones que nos gobiernan) como, dentro de esta, un grupúsculo muy concreto, uno cuyo signo es aquel que nada a contracorriente del sistema económico, que lucha por una producción propia de sus múltiples afectos lejos de una realidad que niega la viabilidad de su plan (ahí está Le père de mes enfants). Uno de aquel que lejos de superar el amor perdido (hablo de Un amour de jeunesse) se busca una mejora en términos de valor percibido para recuperar al amor no superado, o uno que sigue escuchando garaje (volvemos a Eden) en 2006 mientras se le agotan los recursos y las manos tendidas cuando fuera de su sesión las calles están llenas de gente que baila salsa y que, en cualquiera de sus casos, acaba con el irremediable descubrimiento de la falta de opciones, casi nulas desde el principio. La negación funcional de uno mismo, o la reivindicación emocional, también es otra forma de hacer política. O así lo sería si no percibiéramos que no son más que unos sujetos que niegan.

Millenials como sujetos que niegan. Como invididuos que se asientan sobre la evasión ocio/cultural, la pretensión artística derivada de la democratización de los medios y en fórmula mash-up (“¿Eras músico?” “No, era DJ”), las parcelas de vida metidas en lo líquido (el amor, el trabajo, la amistad), el hedonismo irredento y la nostalgia como columna vertebral de todo lo anterior. Es impresionante la capacidad de Mia para meter la cámara de lleno en las abundantes y muy concretas referencias de una subcultura, de dar así un desfile de momentos cruciales en la existencia de Paul que serán recuerdos lúcidos, de gestos mínimos con los que se fluctúa cámara en movimiento constante (pero nunca elevada, mirando como lo haría un testigo ocular) y aún con ello hablar de forma universal de la significación de los mismos para la vida concreta de sus personajes y de todas las personas por extensión, cada cual con sus referencias propias, como si esta yuxtaposición de sobreetiquetación (y close up vital) y universalidad estuviese vinculada de una forma inexplorada hasta la fecha, como si este mismo análisis objetivista de un sentimiento, el de su protagonista hacia esos recursos, hacia el The Wistle Sound, el Finally, la Rave Age, las i-D, el Super Discount, las fashion cues de Fred Perry y Ben Sherman y el pinchar en el MoMA… fuese la única manera válida de demostrar cómo construimos la identidad las personas.

Eden también es un estado mental, uno muy particular y novedoso que no todos los cineastas son capaces de retratar y que, aunque pretendido en sus anteriores filmes, aquí se materializa por completo. La estética de Eden, que ni comprende del todo lo tocante al realismo ni desde luego se embarca en aventuras estilísticas que embellezcan lo retratado se quedan en algún punto entre la aspereza y la dulcificación, entre lo real y lo idealizado. Y con otro logro cinematográfico para conseguir ese estado mental que mencionamos: el de materializar una experiencia fílmica de lo que significa el mixtape para el DJ trasladado al cine; y esto, encima, desarrollado intencionadamente de forma desastrosa. A base de pistas-instantes que con unas transiciones entre las set pieces sonoras y visuales escabrosas y abruptas, con unas entradas y salidas que, aunque tocan el núcleo emocional de cada canción y cada momento comienzan y terminan de cualquier manera, como cuando llegas a la discoteca a mitad de canción y te marchas de improviso, así también ocurre entre el comienzo y el final de cada período de su vida, que da saltos en la historia impredecibles e incongruentes pero mantiene siempre el rigor lineal de la existencia. A fin de cuentas, son pocos los Djs que pinchen las canciones por orden de compases aleatorios o poniéndolas al revés. La linealidad es el único concierto.

Sé que este texto no lo recoge, pero es importante señalar que Eden es una película altamente disfrutable, al menos en su vertiente de entretenimiento audiovisual, porque como queda claro no vas a salir indemne de la experiencia. La forma más rápida y más honesta de resumir esta película es con esta frase recogida de una entrevista a la directora: “The party’s over, but I think dreams can never die”. No hemos narrado nada de los hechos a los que os enfrentaréis viendo la película. Es la mejor manera de acercarse a ella, pero si lo queréis, aquí está el doble final: es, doce años más tarde de esta ascensión al éxito y caída al fracaso, un recital mental por parte del protagonista del poema The Rhythm de Robert Creeley. El otro, el de la asistencia a una sala vacía donde una DJ pincha una versión en balada piano de la canción de los Daft Punk Within, con corte a negro tras la frase “Please tell me who I am”. En definitiva, la puntilla que no necesitabas para que terminen de decirte que esta vida de persona con ínfulas de artista que llevas no va a ninguna parte. Pero reconócelo, lo estabas deseando. Feliz estancia en Edén. Es temporal. Siempre lo es.

Y para terminar:

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