Sara Barros: selfie, mujeres, presentes ballardianos

noviembre 7, 2014

Ya nadie se acuerda, pero al principio la llamábamos “foto MySpace”. Fue en torno a 2006 cuando empezamos a sentir cómo las redes sociales se convertían en algo inherente a la cultura de Internet (donde cada vez pasábamos más tiempo) y por extensión de la nuestra propia, y fue ahí donde proliferaron los autorretratos amateur, de picados pronunciados, mal enfocados, frente al espejo de la habitación o del baño y con el flash activado. Esta imagen empezaba a convertirse en un lugar común de nuestro catálogo de expresiones online, y también una muestra comunitaria y global de lo hortera que nos podemos volver los seres humanos en un espacio en el que aún no se habían delimitado unos cánones del buen gusto ex profeso. Para cuando llegó Facebook esta foto ya se había convertido en un recurso peliagudo y que, si bien no había que evitar su uso a toda costa, sí parecía obligatorio evitar el exceso. Era una imagen, en definitiva, con más connotaciones negativas que positivas. En 2009 los usuarios de Flickr usaban la palabra “selfie” para denominar esos autorretratos, publicados sin pudor ni mesura, y casi siempre posteados por chicas adolescentes que parecían clamar nuestra atención.

En el marco de la quinta edición de Tetrapack, una iniciativa de la Unidad de Juventud del Ayuntamiento de Vitoria – Gasteiz que cuenta con la colaboración del Centro Cultural Montehermoso y la Sociedad Estatal de Acción Cultural (AC/E) se encuentra la exposición Selfiedrome, de Sara Barros (Vitoria, 1990). La artista, licenciada en Bellas Artes con la especialidad de imagen audiovisual y fotografía por la Universidad Complutense de Madrid y que se encuentra actualmente realizando el máster de Fotografía en la escuela EFTI de Madrid (donde actualmente reside y compagina su trayectoria artística con su trabajo como realizadora de una pequeña agrupación) reivindica con Selfiedrome (y ey, no es la primera vez que se hace) la necesidad de un análisis estético y político de esta manifestación artística, tan vinculada a lo individual y a la vez a lo social, del nuevo siglo.

Selfiedrome de Sara Barros es una serie de autorretratos que sólo cuentan con la copia física, lo cual quiere decir que no están en Internet, y se expone con dos excepcionales condiciones a las que no se acogen el resto de proyectos exhibidos en la iniciativa Tetrapack. Primero: que los asistentes no pueden introducir dispositivos que capturen imágenes al lugar del recinto en el que estas fotografías se encuentran. Y segundo: gracias a una improvisada aduana previa se obliga al usuario a depositar un dinero, aunque sea simbólico, antes de acceder a su visionado. Es decir, que tampoco pueden disfrutarse de manera gratuita. Las fotografías, por cierto, pueden comprarse. Estas limitaciones nos hace pensar, lógicamente, en una condición que creíamos inherente a la naturaleza del selfie: el selfie no se paga (o el cobro es mediante likes). Estas imágenes, que producimos y consumimos de forma masiva, a las que les dedicamos una enorme atención por la fascinación que nos producen y que, al mismo tiempo, están tan cargadas del estigma con que convive siempre aquello que se considera de bajo nivel cultural -tanto por su condición de expresión vanidosa y vacía como por ser algo que expone en exclusiva lo físico del individuo- se empoderan en el terreno económico, se fijan un precio, vía última por la que hoy en día aceptamos que algo pueda tener valor o importancia. Así conecta Barros esa tradición de denuncia de la irreconciliable tensión que hay entre arte y capitalismo (tan manida en este tipo de galerías). Y podríamos pensar que el tema no da para mucho más, pero: ¿qué hace de esta exposición algo realmente interesante? Las otras dos cuestiones que bordea: la reocupación identitaria mediante una humanización neogótica y la necesaria conexión de esto mismo con la cuestión de género.

Selfiedrome nos pone en primera instancia frente a la disonancia que nos genera el ser conscientes del brutal de flujo de datos personales en el que estamos inmersos (dentro de esta contemporaneidad mercantilizados en el Big Data) y frente a una colisión de esto con nuestra identidad. Con las representaciones del yo, del reclamo de nuestra peculiaridad, de ese instante en el que necesitamos sentirnos exclusivos, únicos. De cómo este choque formulado forma un uróboros de origen indeterminable con los flujos de deseo colectivos, más condicionados por elecciones democráticas, por nuestros clics libres de toda mediación que por esos algoritmos digitales (esos feeds inteligentes, el mismísimo EdgeRank de Facebook) que se supone son los responsables directos de su popularidad y relevancia. No, ni las calculadoras son tan frías como parecen ni el de los selfies es otra cosa que un libremercado puro, sin intermediarios, donde la oferta y la masificación deseante codificada campan a sus anchas y cuyos resultados, como buenos humanistas, solemos utilizar como auténtica mina del lamento moral para proclamar los horrores de la sociedad alienada de consumo y tecnología (auto)destructiva. En el universo de la reificación de las subjetividades, los productos emanados de sus sujetos son sólo una sucesión de consecuencias voluntarias, y una dinámica en la que el reconocimiento afectivo-mediático privado se imbrica con el público. ¿Fue primero el huevo o la gallina? ¿Acaso importa?

Pero distanciándonos de las connotaciones alarmistas de esta premisa, analizando este mensaje desde un prisma libre de valores, sí podemos acceder a ese mensaje en segunda instancia que parece postular Sara Barros: que en el mundo del selfie ha propulsado un mestizaje entre terror corporal, autoficciones y realidad con relatos que dan pie a un voyeurismo vigilante más apasionante, por lo novedoso y cercano de sus autores, que gran cantidad de productos culturales tradicionalmente confeccionados con la intención de colmar esta demanda. Disfrutamos viendo a esa chica conocida hacerse fotos, y también modificando nuestro cuerpo nosotras mismas, exhibiéndolo, paliando la necesidad de autoafirmación primero, sabiéndonos colmena y copia después, cuantificando likes y controlando tanto si eres autora como si eres espectador. Todo esto, aunque presente en el carrusel de imágenes de la colección, se hace especialmente palpable en una de sus piezas, #instagirl, en la que encontramos un panel compuesto de 256 microimágenes (16×16) de diferentes retratos de la artista, bastante similares entre sí, que apelan a la cantidad de imágenes profundamente similares que encontraríamos en redes como Instagram si buscamos este hastag. Lo único que le faltaba a la pared era que se pudiese hacer scroll.

Se perpetúa aún a día de hoy una injusticia y reproche social a quienes, en un mundo donde se demandan imágenes de chicas jóvenes, blancas, delgadas, hipersexualizadas y en posiciones de mansedumbre, van y ofertan aquello que pueden dar y que, si entran dentro del canon, casi se les exige. Acudimos a Deleuze, quién defendía que el deseo es una producción social de gran utilidad para quienes ejercen el poder, que las personas se apegan a ciertas representaciones del deseo organizadas mediante un juego de represiones y permisiones, y que es en función de esas representaciones que es efectivo el marketing. Si aquí y ahora, en nuestro contexto, no podemos olvidarnos de la importancia de la cultura católica no podemos pensar más que en esa censura de la pornografía propia como un escenario neogótico que nos ha acomodado mansamente en el castigo al prójimo que tan bien le viene a los poderes fácticos y que le ahorra a él la tarea represora de ciertas conductas que prefiere mantener como algo atroz que buscas y consumes a escondidas bajo el peso de la culpa. Como comprensión desde su propia experiencia personal de chica con atributos demandados es que Sara Barros, quién posee una formación fotográfica e intelectual que la faculta (sí) para poder proclamar este discurso, decide hacer una denuncia a través de una performance de su cuerpo. Ella misma lo dice, para hacer esta serie de retratos se ha sometido a unas rutinas de adelgazamiento, tonificación, bronceado, compra de ropa con unos significados estilísticos concretos, etc. un poco al estilo de lo que hacía Cindy Sherman (pero sin un repertorio tan camaleónico) desde finales de los 70, en esta serie de fotografías en copia de color de blanqueo de tinta a la plata y en ratio 1:1 donde la cámara, introduciéndose en ese espacio y contexto de la habitación privada adolescente o postadolescente occidental e hipervisible/hiperexpuesta, genera una copia autoconsciente de estos relatos de búsqueda de aceptación social-total y que, frente a la ignorancia e inconsciencia que suele acompañar a este tipo de expresiones, tiene poco de esta segunda cualidad pero mucho también de innovación y creatividad, de juego y protesta. La pregunta es, por supuesto, qué diferencia hay entre quien hace todo esto de manera consciente y estudiada y aquellas que lo hacen de manera natural.

Selfie

Primeros resultados en Google Imágenes, con safe search

Imitando estas subjetividades pubescentes cuasiinfinitas y a la carta, la artista nos regala una galería de diferentes experiencias voyeuristas que en todas sus imágenes atrapan la mirada del espectador desde el primer golpe de vista. Aquí desde una posición de la modelo y artista de vacía perplejidad como esas mujeres idas de la publicidad moderna, allí un locus amoenus para enamorarse castamente de su belleza ideal, allá desde posturas que potencian sus curvas y también hacia el deseo que estas suscitan. De tía buena a novia, de venus a playmate. En todas ellas vemos una imagen sólo un poquito mejor que el selfie medio, pero en la muestra hay una que destaca sobre las demás, la última de la muestra: una estampa de sí misma idéntica a lo que hemos visto hasta el momento, con su cuerpo como centro de la fotografía, sonriendo complaciente, con todo el cuerpo al descubierto y en una postura sumamente erótica, pero con lo que parece una prótesis corporal completa hecha con casquería. Ahora sí: el proyecto se llama Selfiedrome en clara alusión a Videodromo, el filme de David Cronenberg de 1982 que nos descubrió La Nueva Carne, el ballardianismo y cómo lo kafkiano podía combinarse con las imágenes gore de los medios de comunicación masivos modificando el cuerpo de los sujetos convirtiéndolo en un espacio abierto a la metamorfosis, abyección donde la identidad se disuelve. La realidad nunca termina siendo como en las películas, mucho menos en el cine de horror, por lo general decálogos de nuestros demonios a exorcizar, pero donde en Videodromo hay carne que es pura casquería y en las redes hay hoy esa otra carne, más estilizada pero con las mismas heridas y la misma sangre. Donde se encuentra una denuncia de aquello que tememos a veces solo se anuncia en el sentido oracular, lo que termina siendo evolución natural. Porque siendo zombies o no, la carnaza se mantiene carnaza.

No creemos que esto sea tanto un lamento como una defensa, o tal vez un reflejo imparcial. Tal vez un mero estudio del carácter del selfie femenino, rey sin rival del retrato moderno, reflejado desde la consciencia de la mórbida fascinación que produce. Hemos dicho selfie femenino porque es así como hay que abordar toda esta cuestión, desde su vínculo con la diferencia sexual, derivada de una subjetividad marcada por el género muy anterior a la aparición del selfie pero no por ello libre de esta carga. Y de la crítica de género pornopunk de Beatriz Preciado al feminismo de la diferencia de Susan Pinker. Nuestra identidad de biomujeres nos restringe las posibilidades de expresión, pero la tradición también nos anima a construir estos autorretratos. En cualquier caso, es evidente que parte de esa connotación negativa del selfie viene dada por su signo de género. Es escalofriante ver cómo culturalmente nos imponen y nosotras mismas alentamos esa competitividad entre las chicas para entrar en un canon de belleza que nos martiriza y que en el fondo es tan limitado como aburrido. Es increíble la sensación de poder, mayor a más cerca se encuentre una del ideal, que la experimentación con ese canon nos permite. También muy triste el ver cómo sigue siendo una realidad ese desprecio puramente misógino a sus autoras. En todas sus dimensiones es este, el de uso del cuerpo, aún hoy es nuestro principal patio de juegos, y también nuestra cárcel.

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