The One I Love: la simulación matrimonial y otras aventuras de ciencia ficción

septiembre 9, 2014

Lo podríamos reducir todo a que The One I Love es la comedia romántica que llevabas años esperando. Por descontado, una maravillosa película que explota el potencial para el horror social que tienen los fines de semana de turismo terapéutico en casa rural. También podemos decir que es el mejor título de ciencia ficción oscura, de esa con enjundia psicológica y que hace gala de lo mejor del espíritu low cost (todo lo es, salvo los actores), ese que triunfa al potenciar las posibilidades del paradigma sobre el de la producción… que va a salir este año. Y sí, he visto Coherence. La cuestión no sólo es que puedas tomar estas tres afirmaciones como válidas, sino que al ser, como son, fuerzas simultáneas, la premisa se nos escurre, se nos expande. Esta película es terapia pura y ya vamos avisando de que no quieres leer nada más antes de acercarte a ella. Lo que viene a continuación, ya lo siento, es mejor leerlo después del visionado. Así que si aún no la has visto cierra esta pestaña. Corre a verla. Confía en mí.

Ocurre en el momento en el que nos miramos al espejo lo que se ha dado en llamar el desdoblamiento de la mirada; un momento donde tomamos consciencia simultáneamente de lo que es ver y ser visto, de que ser sujeto de la mirada de otro y que es lo que a día de hoy, al menos en gran parte, nos construye. Esta pesadilla moderna, unida al drama de la alienación, termina con toda mirada, imagen y reconocimiento claro de lo que es ser uno mismo. Esto, por supuesto, tiene una forma de cauterizarse: mediante las ligaduras del amor. De la idealización del otro que conseguimos sea la única persona que importe (y exista) del mundo y a la vez sea aquel que con mejores ojos es capaz de vernos, potenciando nuestras virtudes y minimizando nuestros defectos hasta crear una idea de nosotros mismos tan falsa como seductora. El problema, claro está, es cómo no desmoronarse en el momento en el que esa magia se ha desvanecido del todo, cuando termina el amor químico y hemos metido, un poco por convención social, un matrimonio de por medio (matriminio como concepto, como ese lugar seguro sobre el que construir porque es una constante humana) y todos los pegamentos peligran. Cuando somos ya dos individuos que naufragan en un mar de recuerdos inflados imposibles de recrear por mucho que nos esforcemos en conseguirlo. Y los platos otra vez sin limpiar. Y al final: ¿cómo no dejarse morir, cómo no aceptar nuestra condición de autómatas plenamente sustituibles por cualquier otro si ya ni nuestra mujer es capaz de elegirnos a nosotros sobre una versión mejorada de nosotros mismos aunque sea, ehm, “mentira”? La respuesta no está clara pero que me aspen si Baudrillard no sería muy feliz con el resultado logrado en The One I Love.

Al menos cuatro perímetros, a cada cual más conflictivo e ignoto, nos va plantando como escenarios para el análisis el debut en la dirección del largo de Charlie McDowell y también en el guión para Justin Lader. Preludio rutinario que hace de gancho, irrupción de lo desconocido, intento de adaptación y eclosión neurótica final, estos son los cuatro eslabones descansan juegos de espejos, múltiples simulacros y asideros que se desvanecen nada más se materializan en la historia, casi siempre de una manera fluida y siempre, eso sí, con una economía narrativa encomiable, como si una premisa del tipo Su Milagro de Amor mutase hacia un El Ángel Exterminador cruzado con Cómo Ser John Malkovich para terminar siendo un Primer de bajos vuelos pero digno resultado. Al final del camino la única certeza que nos queda es que vivimos en un universo extrañamente parecido al original, y algo tendremos que hacer. Tal vez por esto no pasa desapercibida cada referencia de nuestra Sophie al ser feliz, ni las de nuestro Ethan al auto-sabotaje como base a perseguir en sus relaciones. Estamos ante otro de esos casos en los que los actores aportan tanto a la sustancia de la historia como, por ejemplo, la dirección, aquí bastante modesta. Mientras Elisabeth Moss con su aspecto de dulce ama de casa de los 50 abraza la réplica como valor seguro, Mark Duplass y su cuerpo creepy nos traen la comedia y una performance que va del slapstick a la pura amenaza, del distanciamiento ante lo que ve cómico hasta el intento de ruptura ante lo que se le presenta. Los personajes, por cierto, no tienen tiempo de meditar sus reacciones, tan magnéticas como sinceras. Y como ante cualquier aberración imprevista sus dos vías de actuación parecen puras, hermosas muestras de la reacción estándar de un apocalíptico y un integrado. Apocalípticos e integrados para el mundo de una intimidad factible. El drama.

The One I Love nos mantiene entretenidos con el juego del “qué pasará”, de los castillos de naipes sobre los que la acción se va imbricando y en todo momento impolsible de predecir, y a pesar de que falla (y bastante) en el apartado visual (todo está subordinado al guión, al mensaje) al final nos llevamos un saldo positivo triunfando en cada uno de los ámbitos citados al principio de este texto. Y esto es: una critica social tan maravillosa como la esperable en la ciencia ficción mejor construida. Una exhibición del rechazo a la lógica y el realismo por la que se mueve el mundo como ocurre en todas buena comedia romántica, con sus pirotecnias emocionales y misterios del demiurgo. Y también la genial revelación que es el ver lo que subyace en estos escenarios de nuevos hábitos sociales, es decir, demostrar que debajo de todas esas terapias matrimoniales, de libros de autoayuda y de experiencias espacistas simulacro de auténtica vida no hay otra cosa que el potencial riesgo de que un alienígena intente suplantar nuestra personalidad. Cómo McDowell y Lader demuestran que estos tres ámbitos estaban desde siempre tan conectados… pura brujería.

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