The Bothersome Man: no hay fuego en la eficiencia

mayo 1, 2014

Toma uno:
De repente en mitad de una charla mi hermano suelta una frase que lo origina todo: “Pero eso del turismo… no es algo serio en lo que invertir, ¿no?”. Debatíamos mi madre y yo sobre la industria de España, y mi hermano se refería a si ese sector tiene verdaderamente proyección de futuro, pensando que cualquier país puede poner unos cuantos hoteles y bares en la costa y empezar a hacer caja. Salimos a defenderlo explicándole a mi hermano el concepto de turismo que tienen los extranjeros de España. Explicando ese extraño y sugerente concepto tan español que es el de “la Cultura de la Fiesta”.

Toma dos:
En un bar de Burgos estoy leyendo El Mundo. En sus páginas centrales hay un reportaje sobre un Congreso Mundial de Ciudades Inteligentes, de proyectos vanguardistas ya en la mesa sobre megaurbes de alta inversión en ingeniería social y con la optimización y eficiencia como bandera.

Estamos en un país escandinavo. Uno que es, a pesar de las voces en noruego, arquetípico. Un país perfectamente intercambiable con cualquiera de nuestras visiones de lo que son esos países. Es un mundo perfecto. Dos personas se están besando. Bueno, besando no, se están lamiendo, devorando, consumiendo la cara el uno al otro. Tienen los ojos idos, pero abiertos. Parecen un par de besugos respirando. Adquiriendo sus nutrientes necesarios para el buen funcionamiento social. Están haciendo lo correcto. A Andreas, que lo ha estado observando todo desde el estremecimiento, no le queda otro remedio que tirarse a las vías del metro.

He dicho que es un mundo perfecto porque en efecto, así es como se presenta el panorama en The Bothersome Man, película del noruego Jens Lien que recibió el Premio de la Agencia por la Difusión de Cine Independiente en Cannes en 2006. Sus entornos asépticos y clínicos de fotografía radicalmente fría y gris dan paso a una estructura social de engranajes correctamente sincronizados. Si Andreas (a quien encontramos en las escenas iniciales en la extraña circunstancia de verse transportado a este nuevo universo sin saber de dónde ni por qué) ha acabado aquí, probablemente sea porque se le requería en sustitución de sí mismo. De otro él que tiene misma intensidad y nivel de identidad, mismo vacío entre mirada y ser. Un poco como podrían sentirse las células dentro de nuestro cuerpo si tuviesen consciencia. A Andreas le han regalado una vida resuelta. Su puesto en un departamento de cuentas, su pequeña pero funcional casa y su tiempo de ocio donde ir a bares donde cada cual hace lo que se espera de él… Ha ganado, sin concursar, el boleto que te da como premio la oposición a la Vida Hecha.

Más sorprendentes aún son sus compañeros de trabajo. Si Andreas aún mantiene la perspicacia de aquellos que parecen haber vivido en otro entorno (sí, exactamente igual que nosotros como espectadores) sus compañeros son nativos. Charlas en la hora de la comida con aburridos catálogos de decoración concursando entre ellos a ver quién obtiene más puntos en ese juego de precisión en la adquisición de muebles minimalistas, valorando pequeños matices de quítame un tapizado de Truly Olive y ponme un Safari Green no vaya a ser que las visitas me consideren un engreído. Exactamente igual que como en El club de la lucha, sí. También, y salvando las distancias, como esa escucha activa de una pista tecno-chill en El hombre de al lado.

Pero mejor aún, las relaciones sociales son esterilizadas y fluídas, y aquí está lo más interesante. Andreas liga con Anna, y ésta accede a ir a su casa a tomar café. Tienen un encuentro sexual, y parece que empiezan una relación seria. Se mudan juntos, mantienen relaciones de vez en cuando y todo va genial dentro de esa dinámica adquirida de trabajo-tele-sexo-cama, trabajo-visitas-cama, trabajo-comprarse nueva decoración-cama. A Andreas parece que esto le sabe a poco, y se prenda de otra chica de la oficina. Quedan para ir al cine. Él le dice que ella le gusta y que tiene una relación estable. A ella parece no importarle. Tras unas cuantas salidas Andreas decide dejar a Anna, cuya reacción será la de preguntarse si pueden dejarlo después del sábado (“Teníamos visita el sábado. ¿Puedes irte después de ese día?”). Cuando Andreas, que está enamorado, va a pedirle la mano a Harald y ésta le dice que qué hará entonces con Matt, Rorsk, Jung, Mark y demás chicos de la oficina. Andreas insiste, le pregunta si él no es mejor que el resto. Harald piensa, entonces, que no estaría mal vivir con alguien. Que así “si la casa es más grande podríamos tener bañera. En casa sólo tengo una ducha. Estaría bien”. Esterilizado viene de estéril. El protagonista se tira a las vías del metro para comprobar que aquí no se puede morir.

Andreas es, obviamente, el rostro humanizado que sufre el conflicto de una sociedad deshumanizada, la supuesta nota discordante de color en un mundo gris si no fuera porque él también aparece reflejado en un tono grisáceo, perfectamente armonizado con lo que le rodea. Sin embargo sí se hace latente esa hipertrofia excesiva del músculo racional del entorno que disloca con el mundo interior de ese espectador/experimento foráneo que es el protagonista. El orden molecular de la materia social consigue, sin embargo, que veamos la entropía de la desviación de sus miembros menos válidos (los dolientes) como algo pernicioso. Andreas no encaja en el ideal social, en esa ensalzación del espíritu minimalista tan acorde con la estética dominante, en la armonía tonal de unas lineas horizontales y verticales que funcionan como una red de regularidad absoluta. Bienvenido a nuestro proyecto comunitario: ahora formas parte de algo más grande que tú.

Toda esta organización social como una especie de perversión última de las consignas de Adam Smith y su mano invisible, donde cambiamos el interés privado para el bien público por una carencia de interés privado que no signifique hasta lo más profundo de su dimensión también un interés público. Afirmando, de hecho, que la mente colmena y la falta de identidad es el reflejo perfecto de un progreso deseable. Esto último como una nueva vuelta de tuerca de lo que Francis Fukuyama proclamaba en El final de la historia cuando decía que la democracia socioliberal en la que vivimos es el punto final, la última parada de la evolución ideológica de los hombres.

En el impresionante libro The Endless City (no confundir con el posterior Living in the Endless City), de la siempre magnífica editorial Phaidon, encontramos reflexiones sobre la importancia y dificultad de saber interpretar la información urbana, aprender un poco sobre la cultura propia (su forma de ver el tiempo, el espacio) de este actor que de tan grande y complejo se nos adivina como un cuerpo multicelular azaroso. Que confrontaciones, plagas, violaciones, mafias, desempleo, terremotos, hambrunas o asedios  son substratos profundos, formativos y de efecto programado en la topografía natural y artificial de las ciudades. Que estas características no hacen de ellas unos entornos más anónimos, sino por cómo estos elementos se aparecen las ciudades se convierten en unos entornos cada vez más autorreferenciales. Esta infinidad e inevitabilidad de las ciudades nos obliga a preguntarnos si puede existir la ciudad ideal. La ciudad ideal se imaginó con minuciosidad por muchos arquitectos hace ya unas cuantas décadas, y la Ciudad Racional de Aldo Rossi, las Ciudades Genéricas de Rem Koolhass y Venturi Strip o la Villa Radieuse de Le Corbusier que a día de hoy nos parecen más una pesadilla distópica que una aproximación humanística a la organización social son un intento de narración visual de lo que es una ciudad. Un intento de entenderlas y reinventarlas que no sólo era necesario, sino que tenía sentido y nos ha servido para avanzar. Pero aquellas visiones, hoy superadas, nos han dejado una reveladora y desoladora verdad: no existen teorías de la ciudad válidas, sólo existe la ciudad en sí.

En el libro también se trata con profundidad y tesón los conflictos y problemas de organización que derivan en seis de las más importantes urbes mundiales, de la economía topográfica y las relaciones imperfectas de poder que se establecen entre individuos y dimensiones de sus espacios. Para el epígrafe escrito por Enrique Peñalosa titulado “Politics, Power, Cities” se afirma con rotundidad que “lo que define a una buena ciudad descansa en el reino de lo ideológico. No hay una forma científica o técnica, correcta o incorrecta de construir y gestionar una ciudad. Definir qué hace que una ciudad sea buena es más cosa del corazón y alma que una ingeniería. Se esconde más en lo relativo al mundo del arte que al de la ciencia (…) y deben tener sus gobernantes esto presente a la hora de tomar sus decisiones y definir sus reglas y patrones. El gobernante deberá ser una persona racional, pero también un compositor”. Construir una ciudad, como vemos, es una cuestión de diseño. Estas reflexiones se entremezclan con las imágenes de las desordenadas chabolas de Bogotá, donde más de 4 millones de personas viven en enormes e irregulares barrios en la periferia de una ciudad que no termina por ver el fin de su expansión junto con, por ejemplo, el distrito de Gustavo A. Madero en la ciudad de México, una conurbación perfecta de más de millón y medio de habitantes, en una concentración grande pero también precisa. Comunidades y sociedades que modifican las estructuras mentales de sus habitantes, que les generarán caminos de pensamiento y permitirán o impedirán reflexiones y dinámicas sociales. Que forjaran su modo de vida. Exactamente igual que en The Bothersome Man.

Si hablamos de la arquitectura de esta película tenemos también que hacer mención de la gran ausencia que en torno a esta cuestión se hace latente: su posible destrucción. Los pilares de esta ciudad, inamovible, nos recuerdan, por su faceta de contrapartida, a la Roma, Città Aperta y la Germania Anno Zero de Rossellini. Dejando a un lado la particularidad del aspecto neorrealista de estas historias podríamos decir que sus paisajes compensan los del filme que nos ocupa. Sus ciudadanos, tan vivaces, contrastan con las inertes presencias de The Bothersome. Unos muros derruídos y en decadencia son la otra cara de este ambiente, liso y cuidado. Sus encuadres, sin embargo, son los mismos: a pie de ciudadano mientras los muros imbatibles colapsan con su presencia el ánimo de aquellos y también el sentir de los espectadores. En la siguiente cita de Roma, Città Aperta vemos cómo se lamentan los protagonistas en un momento confesor de seguir en esta ciudad sucia, en este estado policial en cuanto a contrario a permitir ejercer a sus ciudadanos una emancipación que pueda llevarles a saciar sus necesidades identitarias:

“- Todos pensábamos que esto iba a terminar pronto y que después sólo la veríamos en el cine

– ¿Cuándo acabará? Hay momentos en los que parece que ya no resisto más… A veces parece que jamás vaya a pasar este invierno.

– Pasará, y volverá de nuevo la primavera y será aún más hermosa que las otras porque seremos libres.”

La guerra, por tanto, era la calamidad a la que podíamos achacarle nuestros males como civilización. En The Bothersome Man, sin embargo, no hay un ente poderoso, una causa clara a la que culpar de la situación real. “Aquí la gente es feliz”, le dice una especie de Tecnócrata Madre Superiora a Andreas cuando ha intentado escapar de esa monotonía fría, de la atmósfera invasiva de sus muros sombríos. Para ese momento los de “Mantenimiento de Personas”, esos a los que hemos visto desencajar a los suicidas de las verjas y tratar el resto de eventualidades penosas para el buen funcionamiento de la colectividad, le cogen y trasladan a un espacio donde no pueda afectar/contagiar al resto de civiles. Puede que para Andreas la culminación de terrores y fobias se represente en una nada de cemento, pero para los ciudadanos de The Bothersome Man Andreas es la puerta de entrada a una agitación, un nihilismo, relativismo posmoderno si lo prefieren, que podría demoler a base de preguntas el imparable mecanismo áureo que esa sociedad ha logrado. Y eso es algo que no pueden permitirse. Se le llevan porque está roto y bendita sea por siempre la liturgia burocrática.

La fiesta como concepto opone una especie de resistencia a toda interpretación histórica, o al menos puramente racional. La explicación del por qué de los orígenes de sus tradiciones y rituales se rodean de la incertidumbre de la decodificación cultural, de la destilación pasional. Lo que sí comprendemos de ella es su función. Sabemos que el efecto de la fiesta es necesario para purgar las ansiedades del indiviuo que ve en la realidad un sitio imperfecto en su día a día. Los españoles lo sabemos mejor que nadie: la fiesta es la confirmación de una realidad imperfecta, imprecisa, chapucera que mediante la celebración permite que los miembros de la sociedad se liberen por momentos para después retomar con el ánimo alto esa realidad perversa que les oprime. Y a mí que me quiten lo bailao. Es por eso, tal vez, que nos fascina The Bothersome Man. Descubrir que es posible que haya otras realidades en las que sus miembros no sientan nuestra opresión, como la de unos hilos invisibles donde el desorden el egoísmo y la corrupción moral hacen de este un lugar absurdo e ineficiente. No. Descubrir que hay lugares donde la eficiencia, habiendo alcanzado casi el cénit, se convierte en sí misma en una condena mortal por la que los hombres se lamentan de la pérdida de lo salvaje, y esa es una revelación maravillosa. Porque parece que en aquellos países hay Andreas condenados a ejecutar esa eficacia que nos mantiene vivos, pero también a no disfrutar en sus entornos de la dimensión frenética del alma humana. Y nosotros aquí estaremos para descubrirles cíclicamente, cada verano, en las playas de Gandía, nuestra también a su manera perfecta cultura de la fiesta.

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